Valeria Mendoza tenía apenas veintidós años cuando aceptó el trabajo más extraño de su vida.
Durante el día asistía a la universidad. Por las noches trabajaba acomodando productos en un supermercado. Y en cada momento libre ayudaba a su madre a cuidar de su hermano menor, Mateo.
Mateo tenía solo catorce años, pero ya estaba acostumbrado a los hospitales. Los tratamientos médicos eran costosos y las facturas llegaban una tras otra, cada vez más difíciles de pagar.
Su madre trabajaba jornadas dobles como auxiliar de enfermería. Nunca se quejaba, pero Valeria veía la realidad.
Veía las cuentas acumuladas sobre la mesa de la cocina.
Veía a su madre llorar en silencio cuando todos dormían.
Veía el miedo que intentaba ocultar para proteger a su familia.
Una noche, después de recibir otra factura médica imposible de afrontar, Valeria decidió buscar cualquier trabajo adicional que pudiera encontrar.
Mientras revisaba anuncios en internet, uno llamó su atención.
“Se busca mujer joven para acompañar a un veterano ciego todos los domingos. Excelente remuneración. Debe estar dispuesta a actuar como familiar.”
Al principio pensó que era una estafa.
Pero siguió leyendo.
El anciano tenía una nieta que había dejado de visitarlo años atrás. La familia quería que sus últimos años estuvieran llenos de afecto y compañía.
La persona contratada debía fingir ser una figura similar a una nieta.
Valeria sintió un nudo en el estómago.
Aquello parecía incorrecto.
Casi cruel.
Estuvo a punto de cerrar la página.
Entonces volvió a mirar la factura médica de Mateo.
Y envió su solicitud.
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