PARTE 1
Me vendí por 600,000 pesos. Esa es la cruda y asquerosa verdad. Entregué mi vida y mi libertad a un hombre sin manos para salvar a mi madre, pero nunca imaginé que el verdadero monstruo de esa casa, el que entraría a mi cuarto en la noche de bodas, tenía las manos intactas.
Hay días en los que la pobreza no te golpea con hambre, sino con un trozo de papel. Recuerdo muy bien esa tarde de noviembre. En las calles de nuestro pueblo, el olor a cempasúchil aún se mezclaba con el polvo, pero yo estaba parada frente a la caja del hospital general, sintiendo que el suelo desaparecía. Mi madre, doña Carmen, necesitaba hemodiálisis de urgencia. Sus riñones habían colapsado tras años de vender tamales de madrugada para sacarme adelante. El seguro popular no cubría los medicamentos especializados ni el tratamiento privado que urgía para que no se nos fuera. La cuenta inicial era de cientos de miles de pesos. Yo, Valeria, una simple costurera de 32 años que arreglaba bastillas en el mercado, no tenía ni para el pasaje de regreso.
Fue en ese pasillo, con la receta arrugada en mis manos y los ojos hinchados, donde se me acercó doña Rosario. Era la viuda más respetada del pueblo, dueña de la carpintería y maderería más grande de la región. Siempre de luto, con su rosario de plata enredado en la muñeca y esa sonrisa de santa que engañaba a cualquiera. Me habló suavecito, como rezando. Me dijo que conocía mi dolor, que sabía que yo era una buena hija y que ella quería ayudarme. Pero en este mundo, los ricos no dan cheques en blanco.
“Mi hijo menor, Mateo, sufrió un accidente en la maderería hace cuatro años. Perdió ambas manos,” me dijo, clavándome la mirada. “Se ha vuelto un ermitaño. Necesita una esposa buena, alguien que no busque lujos, sino que sepa de lealtad. Si te casas con él y lo cuidas, yo me encargo de que a tu madre no le falte una sola aguja en este hospital.”
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