Sentí un escalofrío. Vender mi vida a un desconocido. Pero cuando entré al cuarto y vi a mi madre conectada a esos tubos, pálida como el papel, supe que no tenía opción. Firmé un pagaré larguísimo que doña Rosario me puso enfrente sin siquiera leer la letra chiquita. Días después, me casaron por el civil en una fiesta enorme que doña Rosario pagó para lucirse ante todo el pueblo. La gente tragaba mole y carnitas mientras me decían lo afortunada que era. Mateo estuvo a mi lado todo el tiempo, en su silla de ruedas, callado, con las mangas de la camisa vacías y la mirada perdida. No parecía un monstruo, solo un hombre roto.
La pesadilla empezó esa misma noche. Doña Rosario me llevó a la habitación matrimonial. Me entregó una taza humeante de atole de vainilla. “Tómatelo, mija. Has llorado mucho, te ayudará a dormir,” murmuró con su tono dulce. Cuando cerró la puerta, Mateo, que estaba en un rincón, me miró con un terror absoluto. “No te lo tomes,” me susurró, con la voz rasposa. “Tíralo.”
Pero yo estaba exhausta, mareada por la tensión, y ya había dado dos sorbos grandes por cortesía. No le hice caso y caí rendida en la cama. Horas después, me despertó una respiración agitada en mi cuello. El cuarto estaba a oscuras. Una mano grande y callosa se metió por debajo de mi camisón, tocándome con fuerza. Mi cerebro, entumecido por lo que fuera que tenía ese atole, tardó un segundo en procesarlo. ¡Mateo no tenía manos!
Abrí los ojos de golpe, intentando gritar, y a la luz de la luna que entraba por la ventana, vi el rostro del hombre que me estaba inmovilizando en la cama. Era Mauricio, mi cuñado, el hijo mayor de doña Rosario. Volteé aterrada hacia el suelo y vi a Mateo tirado, retorciéndose, con un trapo sucio amordazándole la boca y sin poder defenderse. Quise gritar con todas mis fuerzas, pero la mano de Mauricio me tapó la boca mientras sonreía de una forma enfermiza. No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
Leave a Comment