Mariana abrazó a su hijo con la poca fuerza que le quedaba.
“No me hable como si yo supiera sus tragedias”, dijo. “Yo solo sé que su hijo me dejó sola.”
Ignacio Valdés se sentó en una silla junto a la cama. Por primera vez no parecía el médico importante que todos obedecían, sino un hombre viejo cargando un miedo antiguo.
“Mi hijo mayor se llamaba Tomás”, dijo. “Tenía seis años cuando desapareció en una kermés de San Juan del Río. Su madre lo soltó un segundo para comprarle una nieve. Cuando volteó, ya no estaba.”
Mariana miró la marca de su bebé.
“¿Y también tenía esa estrella?”
“Igualita. Decíamos que era su señal de nacimiento.”
La enfermera, que seguía junto a la incubadora, se persignó en silencio.
“¿Y Adrián qué tiene que ver?”
Ignacio tragó saliva.
“Adrián tenía tres años cuando pasó. Creció en una casa destruida. Su mamá nunca dejó de buscar a Tomás. Yo intenté que siguiéramos adelante, pero ella se volvió… obsesiva.”
Mariana frunció el ceño.
“¿Obsesiva o incómoda para usted?”
El doctor la miró con dureza, pero no contestó de inmediato.
“Hace un año”, continuó, “Adrián encontró una caja de su madre. Fotos, cartas, recortes. Después empezó a preguntarme cosas. Decía que el caso no cuadraba, que había reportes desaparecidos, que alguien había mentido.”
“¿Y usted qué hizo?”
“Le dije que dejara en paz a los muertos.”
Mariana sintió un escalofrío.
“Tomás no estaba muerto, ¿verdad?”
Ignacio apretó la mandíbula.
Antes de que respondiera, una residente entró con el rostro pálido.
“Doctor Valdés, hay un hombre abajo. Pregunta por Mariana Salgado.”
Mariana levantó la vista.
“Yo no espero a nadie.”
La residente bajó la voz.
“Dice que trae noticias de Adrián.”
El corazón de Mariana se detuvo un segundo.
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