Alejandro Villarreal se detuvo en seco en el imponente pasillo de mármol de su mansión en San Pedro Garza García, Nuevo León. El silencio que normalmente reinaba en aquella fortaleza de lujo fue roto por un sonido que él no reconocía: risas. Eran carcajadas puras, altas y libres, risas de niños pequeños. Había llegado a casa más temprano de lo habitual debido a 1 junta cancelada de última hora y, ahora, estaba allí parado, con el maletín en la mano, tratando de comprender de dónde provenía ese escándalo.
Caminó lentamente hacia los inmensos ventanales que daban al jardín trasero y miró hacia afuera. Su corazón dio un vuelco. Sus 3 hijos, Mateo, Diego y Leonardo, de apenas 2 años cada uno, con sus mejillas redondas y sonrosadas, corrían descalzos por el césped. Gritaban de pura alegría bajo el cálido sol del atardecer. Y en medio de ellos, con los brazos abiertos y una sonrisa que le iluminaba el rostro entero, estaba ella. Carmen. La empleada de limpieza.
Carmen corría tras los pequeños simulando ser un monstruo amigable. Los niños huían riendo a carcajadas, tropezaban con sus propias piernitas, caían sobre el pasto, se levantaban rápidamente y volvían a correr hacia ella pidiendo más. Alejandro sintió que un nudo le apretaba la garganta. No era enojo exactamente, era una mezcla de dolor, culpa y desconcierto que lo perturbó profundamente.
Hacía 2 años que Sofía, su esposa, había fallecido. Habían pasado 2 años desde aquella fatídica madrugada en el hospital que partió su vida en pedazos. Y en 2 años enteros, Alejandro nunca había visto a sus hijos sonreír de esa manera. Ni con las niñeras bilingües a las que pagaba fortunas, ni con los juguetes europeos que abarrotaban las habitaciones, ni en las ostentosas fiestas infantiles llenas de animadores y castillos inflables. Nunca, ni 1 sola vez en 2 años. Y 1 simple empleada doméstica que llevaba menos de 1 mes trabajando en la mansión había logrado en 1 sola tarde lo que él y su dinero no pudieron conseguir.
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