Empujó la puerta de cristal con fuerza. El golpe seco hizo que Carmen se detuviera de inmediato y la sonrisa desapareciera de su rostro. Los 3 niños se quedaron congelados.
“¿Qué está pasando aquí?”, la voz de Alejandro sonó mucho más fría y cortante de lo que él mismo pretendía.
Carmen se limpió las manos llenas de tierra en su delantal azul. Era una joven de 28 años, originaria de un pequeño pueblo en Oaxaca, que había llegado a Monterrey buscando dinero para las medicinas de su madre enferma. Levantó la mirada con respeto pero sin miedo. “Buenas tardes, señor Villarreal. Había terminado mis deberes temprano y los niños estaban muy aburridos en su cuarto. Pensé que un poco de sol y aire fresco les haría bien.”
Alejandro miró a sus hijos. Mateo tenía las mejillas rojas de tanto correr. Los ojos de Leonardo brillaban como nunca. Diego tenía hojas secas en el cabello. “Ya he dejado claras las reglas”, pronunció Alejandro lentamente, clavando su mirada en Carmen. “El personal de esta casa no debe mezclar sus labores de limpieza con la convivencia de mis 3 hijos. Esa no es su función. Vuelva adentro.”
“Sí, señor. Con permiso”, murmuró Carmen bajando la mirada. Entró a la casa sin mirar atrás. El jardín, que 1 minuto antes era un paraíso de alegría, se volvió un lugar frío y desolado.
Alejandro, a sus 38 años, era el dueño de 1 de las constructoras más poderosas de México. Tras la muerte de Sofía en el parto de los trillizos, él se había roto por dentro. Criaba a los niños de la única forma que sabía: pagando. Llenaba sus vidas de cosas materiales, pero era incapaz de abrazarlos porque ver sus rostros le recordaba a la mujer que había perdido. Sin embargo, sabía que sus hijos necesitaban 1 madre.
Así fue como Paola entró en su vida. Una mujer de la alta sociedad regiomontana, elegante, de modales perfectos y siempre vestida con ropa de diseñador. Frente a Alejandro, Paola era la madre ideal. Se sentaba en el suelo, acariciaba a los niños y le sonreía a él con dulzura. Alejandro sintió que por fin había resuelto el problema de su familia.
Pero las paredes de la mansión guardaban secretos que el millonario no veía. Cuando Alejandro se iba a la oficina, la verdadera Paola emergía. Ignoraba a los pequeños por completo, se la pasaba hundida en su teléfono celular, les gritaba si hacían ruido y los mandaba a encerrar con las niñeras. Paola odiaba a esos 3 niños; solo le interesaba la cuenta bancaria ilimitada y el apellido Villarreal.
Carmen, desde las sombras, observaba esta crueldad en silencio. Veía cómo los niños lloraban por las noches, cómo buscaban consuelo en almohadas vacías. Así que Carmen comenzó a romper las reglas a escondidas, dándoles el amor que se les negaba. Pero Paola no era estúpida. 1 tarde, la prometida del millonario notó la devoción de los pequeños hacia la empleada y sintió que sus planes estaban en riesgo. Paola entró a escondidas al cuarto de servicio de Carmen, dispuesta a sembrar 1 trampa letal que destruiría a la joven oaxaqueña para siempre. No vas a creer lo que estaba a punto de suceder…
PARTE 2
Al día siguiente, el ambiente en la mansión era asfixiante. Paola esperaba a Alejandro en el despacho principal, sentada con las piernas cruzadas y una expresión de indignación perfectamente ensayada. Cuando el millonario entró, ella no perdió el tiempo.
“Alejandro, mi amor, me duele mucho tener que decirte esto, pero esa empleada tuya, Carmen, es una ladrona y un peligro para tus 3 hijos”, soltó Paola con voz dramática. “Hoy subí a buscar a los niños y la encontré metida en sus cuartos. Les estaba metiendo ideas raras en la cabeza, cantándoles canciones de su pueblo, como si quisiera reemplazarme. Pero eso no es lo peor. Me di cuenta de que me faltaba mi reloj de diamantes, y al revisar sus cosas… lo encontré escondido entre su ropa.”
Alejandro frunció el ceño, el cansancio acumulado de semanas de trabajo pesaba sobre sus hombros. “Eso es una acusación muy grave, Paola.”
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