Hay personas que viven para los demás. Dedicaron su vida a cuidar, a servir, a sostener. Fueron el apoyo invisible que sostuvo familias enteras, el hombro donde otros lloraron y la voz que calmó tempestades. Pero, con el paso del tiempo, muchos descubren una realidad dolorosa: quienes más aman, suelen ser los más olvidados.
La vida, con su dureza impredecible, no siempre recompensa la bondad. A veces, la entrega incondicional no se paga con gratitud, sino con silencio y distancia. Este texto no busca amargar el corazón, sino abrir los ojos de quienes aún pueden aprender a amar sin perderse en el camino.

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