La historia se repite en muchos hogares: madres que renuncian a sus sueños para criar a sus hijos, abuelos que lo dan todo por la familia, parejas que ponen al otro siempre por delante. Durante años, su entrega parece noble y necesaria, pero llega un punto en que la vida cambia —y ellos quedan atrás.
No es que los demás sean crueles por naturaleza, sino que la costumbre de recibir sin dar termina volviendo ciegos a quienes fueron amados. El amor incondicional, cuando no tiene límites, deja de ser visto como un regalo y pasa a parecer una obligación.
Y así, quienes dieron todo su tiempo y energía acaban enfrentando la vejez con una mezcla de tristeza y comprensión: la soledad no siempre llega por falta de amor, sino por haberlo dado todo sin reservas.
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