Valeria nunca le había contado a Diego, su prometido, cuánto ganaba realmente.
Él pensaba que ella era una joven sencilla, una desarrolladora independiente que vivía con lo justo, manejaba un auto viejo y alquilaba un pequeño departamento en una zona alejada de la ciudad.
Pero la verdad era muy distinta.
Valeria ganaba más de un millón al mes. Tenía inversiones, propiedades y una carrera brillante en el mundo tecnológico. Su nombre profesional era conocido entre empresarios y directores de grandes compañías, aunque casi nadie sabía quién estaba detrás de ese seudónimo.
Durante dos años, había construido una fachada perfecta. Vivía en un lugar humilde, usaba ropa sencilla, evitaba los lujos y conducía un viejo hatchback. No lo hacía por necesidad, sino para protegerse.
Quería saber quién se acercaba a ella por amor verdadero y quién solo veía dinero, comodidad o beneficios.
Y Diego parecía haber pasado la prueba.
O al menos eso creía ella.
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