A los 64 años, Elena Robles estaba cansada.
No cansada físicamente, aunque también. Era un agotamiento más profundo, de esos que se acumulan durante décadas de responsabilidades, sacrificios y silencios.
Había pasado más de cuarenta años levantando una empresa textil desde cero después de quedar viuda muy joven. Mientras otros dormían, ella negociaba contratos, revisaba cuentas, enfrentaba bancos y resolvía problemas. Todo por un solo motivo: darle un buen futuro a su hijo.

Y lo logró.
Martín creció rodeado de comodidades, estudió en buenas escuelas, viajó, construyó una carrera exitosa en marketing y jamás conoció las privaciones que ella había soportado.
Pero en el camino, Elena cometió un error que recién comprendió demasiado tarde: le dio todo… excepto límites.
Cuando finalmente vendió la empresa, decidió empezar de nuevo.
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