Mi hijo murió hace 4 años, o eso creía. Cada mes le entregaba a su viuda $800, dinero que ganaba a los 65 años arreglando luces y cableando casas hasta que las manos me dolían. Lo hacía por mi nieto, por la memoria de mi difunta esposa. Entonces, una mañana mi vecina me detuvo y me susurró, “No les envíes más dinero. Revisa la cámara de seguridad.” Fue entonces cuando todo lo que sabía se hizo añicos. Mis rodillas protestaban con cada paso al subir la estrecha escalera del viejo edificio adosado de venue.
Cuatro plantas, 68 escalones exactos. Los había contado cada mes durante los últimos 4 años. A los 65 mi cuerpo ya no era el de antes, sobre todo después de un día entero recableando la cocina de la señora Patterson a dos manzanas de allí. Pero era viernes, 5 de noviembre y los viernes significaban una sola cosa, día de pago. El sobre en el bolsillo de mi chaqueta pesaba más de lo que debía. Ocho billetes de $100 recién sacados del banco esa misma mañana.
$800. Para la mayoría quizá no pareciera mucho, pero cuando vives de la pensión de un electricista jubilado y de los trabajos sueltos que consigues por el barrio, $800 bien podrían ser 8,000. Era comida, era la factura de la calefacción, era todo lo que había logrado reunir arreglando luces, cambiando enchufes y haciendo un trabajo que mi espalda dolorida me suplicaba que dejara. Pero había hecho una promesa y George Suly cumplía sus promesas. Baltimore a principios de noviembre traía un frío que se colaba entre el ladrillo y los huesos.
Las casas adosadas de isterna venue llevaban casi 80 años en pie, edificios estrechos de tres plantas, apretados hombro con hombro como viejos soldados sosteniéndose unos a otros. La mía era la número 1247. Mi nuera, Amanda, vivía en la 1305, solo dos manzanas al norte, lo bastante cerca para ir andando, demasiado lejos para sentirse familia. Llegué al rellano del cuarto piso y me detuve a recuperar el aliento. El pasillo olía a madera vieja y a la cena de alguien, quizá col, quizá judías.
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