«Soy la niña que salvaste hace 12 años», le dijo la hermosa ingeniera al humilde mecánico…

«Soy la niña que salvaste hace 12 años», le dijo la hermosa ingeniera al humilde mecánico…

Soy la niña que salvaste hace 12 años”, le dijo la hermosa ingeniera al humilde mecánico. El sol de agosto caía implacable sobre Monterrey cuando Roberto Mendoza abrió la puerta del pequeño taller mecánico donde trabajaba desde hacía 6 meses. A sus años, el rostro curtido por dos décadas de trabajo bajo el sol y entre motores mostraba las líneas de una vida que había conocido mejores tiempos. Sus manos, permanentemente marcadas por la grasa que ningún jabón podía eliminar completamente, temblaron ligeramente mientras insertaba la llave en la cerradura del negocio que ya no le pertenecía.

Roberto había sido dueño de su propio taller en la colonia obrera durante 15 años. Taller mecánico Mendoza decía el letrero que él mismo había pintado con orgullo cuando apenas tenía 27 años. Durante esos años se había ganado una reputación impecable en todo el sector sur de Monterrey. Los clientes venían desde San Pedro Garza García y hasta de Apodaca, específicamente para que Roberto revisara sus vehículos.

Decían que tenía un don, que podía diagnosticar problemas con solo escuchar el motor, que sus reparaciones duraban años sin fallar. Pero la vida, como Roberto había aprendido de la manera más dura, puede cambiar en un instante. 3 años atrás, su esposa María había enfermado gravemente. El cáncer había llegado sin avisar, como un ladrón en la noche, y se había llevado no solo a la mujer que amaba, sino también todos sus ahorros. Los tratamientos, las medicinas, los viajes a Houston buscando una última esperanza.

Todo había consumido cada peso que Roberto había acumulado durante años de trabajo honesto. Cuando María murió, Roberto quedó no solo con el corazón destrozado, sino también con deudas que superaban cualquier cálculo que hubiera hecho. Tuvo que vender el taller, su casa, su camioneta, todo se fue para pagar hospitales y acreedores. Su hija Laura, que entonces tenía 16 años, tuvo que irse a vivir con sus abuelos maternos en Saltillo. Roberto no podía mantenerla, apenas podía mantenerse a sí mismo.

Ahora trabajaba como empleado en el taller de don Héctor Villarreal, un hombre que le pagaba 3000 pesos a la semana y lo trataba con la condescendencia de quien sabe que su empleado no tiene más opciones. Roberto vivía en un cuarto pequeño detrás del taller, un espacio de 4×4 m con un colchón en el suelo, una estufa eléctrica y un baño compartido con otros inquilinos del edificio. Era una caída brutal desde la casa de tres recámaras con jardín que alguna vez llamó hogar, pero Roberto Mendoza no era un hombre que se rindiera fácilmente.

Cada mañana se levantaba a las 6, se duchaba con agua fría porque el calentador casi nunca funcionaba. Se ponía el mismo overall azul remendado en los codos y se dirigía al taller con la misma determinación profesional que había mostrado cuando era el dueño. Porque Roberto entendía algo fundamental, que no importaba dónde trabajara o cuánto le pagaran, él seguía siendo el mejor mecánico que conocía. y eso nadie se lo podía quitar. Aquella mañana de jueves, mientras preparaba el taller para el día, Roberto revisaba mentalmente los trabajos pendientes.

Tenía un suru con problemas en la bomba de gasolina, una suburban con fallas en el sistema de enfriamiento y una jetta que necesitaba cambio de balatas. Era un día como cualquier otro, o eso pensaba. Alrededor de las 10 de la mañana, cuando el calor ya era sofocante y Roberto trabajaba bajo el cofre de la suburban, escuchó el sonido inconfundible de un motor alemán acercándose. Un Bemedw serie 3 negro modelo reciente se detuvo frente al taller. Roberto se enderezó limpiándose las manos en un trapo que ya estaba más sucio que sus manos y observó como una mujer joven bajaba del vehículo.

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