PARTE 1
El reloj de pared en la inmensa residencia de Jardines del Pedregal marcaba exactamente las 2 de la madrugada. El silencio habitual de la lujosa casa era destrozado por 1 sonido seco, constante y perturbador. Toc. Toc. Toc. Era Leo, 1 niño de 10 años de edad, golpeando desesperadamente el yeso blanco de su brazo derecho contra la pared de su habitación. Lo hacía con 1 fuerza ciega, como si deseara arrancarse la extremidad para terminar con la agonía que lo consumía por completo. Tenía el rostro empapado en sudor frío, los ojos desorbitados y los labios agrietados de tanto llorar.
—Si sigues gritando así, Leo, te juro que voy a firmar los papeles para que te internen hoy mismo —sentenció Arturo, parado en el umbral de la puerta. Su voz no denotaba ternura, sino el cansancio furioso de 1 hombre que llevaba 4 noches sin poder dormir.
—¡Quítenmelo! ¡Papá, por favor, te lo ruego! ¡Se están metiendo! ¡Me muerden la piel! —suplicaba el niño, intentando introducir 1 bolígrafo por el borde del yeso, rascándose con 1 nivel de desesperación que helaba la sangre.
Arturo corrió hacia él, lo sujetó por los hombros y lo empujó de vuelta sobre el colchón. La piel visible alrededor del vendaje estaba peligrosamente enrojecida, pero el padre se negó a mirar más de cerca. Su mente estaba envenenada por las dudas. En ese instante, Miranda, su nueva esposa, apareció recargada en el marco de la puerta. Llevaba 1 bata de seda impecable; su cabello lucía perfecto y su rostro reflejaba 1 frialdad calculadora.
—Te lo advertí, Arturo —murmuró ella con voz venenosa—. Esto no es dolor físico. Es pura manipulación. Desde que nos casamos hace 8 meses, Leo no soporta compartir tu atención. Está fingiendo.
—¡Mentira! —gritó el niño con la voz rota—. ¡Tú sabes lo que me hiciste!
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