PARTE 1
El aire en la Ciudad de México olía a lluvia inminente y a asfalto mojado. El reloj del tablero del taxi marcaba las 8 de la noche cuando el vehículo se detuvo frente a las imponentes rejas de hierro forjado de una mansión en Lomas de Chapultepec. Arturo Villanueva bajó del auto con un ramo de 12 rosas blancas en la mano derecha y el corazón latiendo con una mezcla de culpa y esperanza.
Nadie en esa casa sabía que él había regresado. Se suponía que estaría 2 semanas más en Monterrey, cerrando la fusión corporativa más importante de su vida. Su esposa, Elena, le había enviado mensajes durante los últimos 4 días. Fotos de cenas exclusivas, copas de vino caro y de su hija Camila esbozando una sonrisa a medias frente a la cámara. Pero los ojos de su hija en esas fotos le habían robado la paz. Había una sombra en su mirada, un grito silencioso que Arturo, después de años de ausencias y de creer que el amor se demostraba pagando colegiaturas internacionales y choferes privados, por fin supo identificar.
Cambiando su vuelo sin avisar, llegó para pedir perdón. Pero al acercarse a los muros de su propia casa, una punzada de desconcierto lo detuvo.
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