Lina bajó la mirada de inmediato.
El tenedor tembló en su mano.
—Yo… lo siento, señor —dijo en voz baja—. Ya iba a terminar.
No respondió la pregunta.
Pidió perdón.
Como si eso fuera suficiente.
Como si eso fuera lo esperado.
Tomás dio un paso más cerca.
El sonido de sus zapatos sobre el piso limpio rompió el silencio.
—Te pregunté qué estás haciendo —repitió, pero esta vez sin dureza.
Lina tragó saliva.
—No había cenado… —susurró—. Y… vi que había sobras.
Levantó el plato apenas.
—No iba a desperdiciarse.
La explicación era pequeña.
Pero cargada de vergüenza.
Tomás miró el plato.
Arroz.
Frijoles.
Nada más.
Luego miró la despensa.
Llena.
Organizada.
Impecable.
Y algo dentro de él… no encajó.
—¿No cenaste? —preguntó.
Lina negó con la cabeza.
—Hoy… no alcanzó el tiempo.
Pausa.
—Y… no quise molestar.
“Molestar”.
Esa palabra se le quedó a Tomás.
—¿Molestar a quién?
Ella dudó.
—A la señora… o a usted.
El silencio volvió.
Pero esta vez… más pesado.
Tomás respiró hondo.
—¿Cuántas veces pasa esto?
Lina levantó la vista, sorprendida.
—No siempre… —dijo rápido—. Solo… a veces.
Mentía.
Se notaba.
No por mala intención.
Por costumbre.
Por protegerse.
Tomás lo vio.
Y lo entendió.
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