Lina bajó la mirada de inmediato.

Lina bajó la mirada de inmediato.

Demasiado bien.

Porque había crecido en un lugar donde pedir… era perder.

Se agachó lentamente.

A su altura.

Eso la descolocó más que cualquier regaño.

—Mírame —dijo.

Lina dudó.

Pero lo hizo.

—¿Desde cuándo trabajas aquí?

—Casi un año.

—¿Y en un año… nunca te has sentado a comer en la mesa?

Ella negó.

—No me corresponde.

La respuesta fue automática.

Aprendida.

Tomás se quedó en silencio unos segundos.

Luego… tomó el plato.

Lina se tensó.

—Señor, yo—

—Ven —dijo él.

Se levantó.

Ella no se movió.

—Por favor —añadió.

No era una orden.

Era algo distinto.

Lina dudó… pero se levantó.

Lo siguió.

Paso a paso.

Como si no estuviera segura de que aquello fuera real.

Llegaron al comedor principal.

La mesa larga.

Perfectamente puesta.

Vacía.

Tomás dejó el plato en el centro.

Luego abrió el refrigerador.

Sacó comida.

Más.

Mucho más.

Platos que ni siquiera habían sido tocados.

Los colocó sobre la mesa.

—Siéntate.

Lina se quedó de pie.

—No puedo…

—Sí puedes.

La miró.

Firme.

—Y debes.

El silencio fue largo.

Pero al final…

Lina se sentó.

Con cuidado.

Como si temiera romper algo invisible.

Tomás también se sentó.

Frente a ella.

—Come.

Ella dudó.

—¿Usted…?

—Yo también.

Tomó un tenedor.

Sirvió comida.

Y empezó.

Sin ceremonia.

Sin distancia.

Lina lo miró.

Confundida.

—Se va a enfriar —dijo él, señalando su plato.

Y entonces…

ella comió.

Pero ya no escondiéndose.

Ya no separando granos.

Comió.

De verdad.

Y en ese momento…

algo cambió.

No en la casa.

En él.

—¿Tienes familia? —preguntó Tomás después de unos minutos.

Lina asintió.

—Una hija.

—¿Cuántos años?

—Siete.

—¿Cenas con ella?

La pregunta la golpeó.

—Cuando puedo.

Bajó la mirada.

—A veces solo le dejo comida.

Tomás dejó el tenedor.

—Eso no está bien.

Ella asintió.

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