PARTE 1
La luz gris de la mañana se colaba por la cortina percudida del cuarto número 8, en un hotel de paso a la salida de la carretera de Puebla. Ofelia Morales, a sus 65 años de edad, abrió los ojos y sintió el peso inmediato de sus decisiones. La sábana áspera olía a perfume corriente, a whisky barato y a una culpa sorda. En el borde de la cama, dándole la espalda, estaba Arturo. Tenía la camisa ya abotonada y los hombros le temblaban bruscamente, como si hubiera pasado la noche entera llorando, pero no por ella.
Ofelia llevaba 3 años viuda. Durante 37 años fue la esposa abnegada de Efraín Rivas, un hombre intachable ante la sociedad, respetado en la colonia, puntual en la misa dominical y absolutamente silencioso y frío dentro de su casa. Al morir él, todos le decían que debía sentir paz, pero nadie entendía que Ofelia también había muerto un poco en ese matrimonio. Su propia hija, Marcela, solo la llamaba para pedirle dinero o favores. Ofelia no buscaba amor ni promesas tardías; solo quería sentirse viva 1 sola noche.
Había sido su comadre Berta quien la sacó de su encierro. La arrastró a un salón de baile antiguo en el centro. Allí, Ofelia, luciendo unos labios pintados con cuidado y una blusa color vino, conoció a Arturo. Él no era guapo como los actores de la época de oro, pero tenía una elegancia triste que atrapaba. La sacó a bailar danzón. La miró como si ella realmente existiera, sin lástima ni prisa. Bebieron brandy, caminaron por el zócalo poblano y terminaron rindiéndose al hambre de piel y calor humano en aquella habitación de hotel.
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