Artyom se enteró del despido un viernes, justo antes del fin de semana. El jefe lo llamó a la oficina, le habló de la “optimización de personal” y la crisis del sector, le entregó la notificación y la indemnización. El ingeniero de software, de treinta años, volvió a casa con el pecho apretado, pero intentó mantenerse optimista.
—Lera, no te preocupes —le dijo a su esposa cuando volvió del trabajo—. Es temporal. En uno o dos meses encontraré algo mejor. Quizás hasta me paguen más.
Valeria, periodista de veintiocho años en un periódico local, abrazó a su marido y trató de apoyarlo. Sabía que perder el trabajo es un gran estrés. Vivían en un departamento de una sola habitación en las afueras, alquilado desde hacía tres años. Tenían lo justo para vivir, sin ahorros. El sueldo de Artyom era la base del presupuesto familiar.
—No pasa nada, saldremos adelante —lo tranquilizó Lera—. Yo también gano algo, nos las arreglaremos.
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