“La dueña de ese dinero”, respondí.
Paola golpeó la mesa con una carpeta azul.
“El arquitecto llega en quince minutos. Tenemos que darle el anticipo hoy. Ya hicimos planes.”
El licenciado Héctor abrió su portafolio y dejó varios documentos sobre la mesa.
“No se va a pagar ningún anticipo. Desde este momento, cualquier asunto relacionado con dinero, propiedad o divorcio se trata conmigo.”
Rodrigo se puso pálido.
“¿Divorcio? Mariana, no seas ridícula. Solo estamos pasando por una presión económica.”
Héctor sacó un estado bancario certificado.
“Su bono laboral de doscientos mil pesos fue depositado el mes pasado, señor Rodrigo. El mismo día fue transferido a una cuenta personal no declarada.”
Rodrigo abrió la boca, pero su celular se iluminó sobre la mesa.
El mensaje apareció en la pantalla:
“Amor, el administrador del departamento me está cobrando la renta. Dijiste que hoy me depositabas.”
El contacto decía: Camila.
Doña Teresa soltó un grito ahogado.
Yo no sentí celos. Sentí claridad. Una claridad fría, filosa, casi limpia.
El dinero no se estaba usando para una emergencia familiar. Rodrigo mantenía otra vida.
En ese momento entró un hombre con casco amarillo y planos enrollados bajo el brazo.
“Buenos días. Vengo por la firma final para convertir la casa en dos departamentos independientes.”
Lo miré.
“¿Convertir mi casa en qué?”
El hombre se quedó confundido.
“Doña Teresa dijo que usted estaba enterada. Que ya habían sacado las escrituras de su cajón para avanzar con el trámite del crédito.”
Subí corriendo a mi recámara.
El cajón de madera donde guardaba mis papeles estaba forzado. La cerradura rota. Mis escrituras, mi INE, mi RFC y la bolsita de terciopelo donde Lucía guardaba sus ahorros desde niña ya no estaban.
Bajé con el pecho apretado.
Vi la esquina de la bolsita asomándose del bolso de doña Teresa.
La saqué.
Estaba vacía.
Dentro solo quedaba la libreta donde Lucía anotaba cada moneda que había guardado: regalos de cumpleaños, domingos de mi papá, premios escolares.
Cuarenta y ocho mil pesos desaparecidos.
“¿Quién tocó el dinero de mi hija?”
Doña Teresa señaló a Rodrigo.
“Fue él.”
Rodrigo golpeó el brazo del sillón.
“¡Tú me dijiste dónde estaba!”
Paola empezó a llorar.
“Yo solo quería mi cuarto nuevo. A mí me dijeron que Mariana ya había aceptado.”
El licenciado Héctor conectó una memoria USB a su laptop.
La voz de doña Teresa llenó la sala:
“Ya abrí el cajón con el desarmador. Encontré la bolsa de la niña.”
Luego la voz de Rodrigo:
“Saca el efectivo. Mariana trabaja tanto que ni cuenta se va a dar.”
El arquitecto enrolló sus planos con una rapidez casi cómica.
“Yo no me meto en fraudes familiares.”
Y salió sin mirar atrás.
Héctor abrió otra carpeta digital. Ahí estaban transferencias a Camila, apuestas deportivas, pagos de hotel, préstamos rápidos y solicitudes de crédito hechas con mis datos.
Pero lo peor apareció al final.
Rodrigo había usado el dinero de Lucía para pagar intereses vencidos de una deuda personal.
“¿Cuánto debes realmente?” pregunté.
Rodrigo no contestó.
Héctor leyó el documento.
“Casi seiscientos mil pesos entre financieras, préstamos privados y apuestas. Y en varios contratos aparece doña Teresa como aval.”
Doña Teresa se quedó mirando a su hijo como si acabara de descubrir a un desconocido sentado en su sala.
Entonces tocaron la puerta.
Tres golpes secos.
Rodrigo empezó a temblar.
“No abran”, suplicó. “Por lo que más quieran, no abran esa puerta.”
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El licenciado Héctor abrió la puerta.
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