—Un poco.
Su compañera abrió los ojos.
—Dirige un grupo enorme de inversiones.
Mariana creyó que estaba exagerando.
No lo estaba.
Alejandro había construido su primera empresa antes de cumplir treinta años y después había vendido su participación. Desde entonces administraba inversiones en distintos sectores y aparecía ocasionalmente en revistas económicas.
Mariana guardó el número.
Pero no llamó.
Hasta cuatro días después.
Aquella tarde participaba como voluntaria en una jornada de atención médica gratuita organizada por el hospital.
Mientras ayudaba a un hombre mayor a sentarse, levantó la vista.
Alejandro estaba al fondo del salón.
Sin fotógrafos.
Sin asistentes.
Sin ninguna expresión de querer ser reconocido.
Simplemente observaba.
Mariana terminó de tomarle la presión al paciente y se acercó.
—¿Me estás siguiendo?
Alejandro abrió los ojos.
—Espero que sea una broma.
—Depende de tu respuesta.
—Apoyo económicamente esta jornada cada año.
Mariana cruzó los brazos.
—Entonces el mundo es más pequeño de lo que pensaba.
Alejandro miró hacia el hombre al que ella acababa de atender.
—Llevas toda la semana trabajando y vienes aquí en tu día libre.
—Hay gente que necesita atención.
—También tú necesitas descansar.
—Eso sonó exactamente como algo que diría mi madre.
Alejandro se quedó callado.
Su expresión cambió.
—La mía era enfermera.
Mariana descruzó los brazos.
—No sabía.
—Murió cuando yo tenía doce años.
Fue la primera vez que vio algo detrás de aquel hombre impecablemente controlado.
Algo que parecía mucho más antiguo que su dinero.
—Lo siento.
—Yo también.
Alejandro respiró hondo.
—¿Te tomarías un café conmigo?
Mariana lo miró.
—¿Es una orden?
—Definitivamente no.
—Entonces sí.
El café duró dos horas.
Después caminaron por un parque.
No hablaron de inversiones.
Tampoco hablaron de hospitales.
Hablaron de cosas pequeñas.
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