LA OFICINA QUE DIEGO NUNCA DEBIÓ IGNORAR

LA OFICINA QUE DIEGO NUNCA DEBIÓ IGNORAR

“Todo.”
Mariana colgó.
En una habitación contigua había un vestido azul profundo, sencillo pero impecable. Junto a él, un collar de diamantes que había pertenecido a su abuela Elena.
Mientras se arreglaba, una pantalla se encendió con una transmisión interna desde la gala.
Diego aparecía en la mesa principal, sonriendo junto a Valeria. Doña Leonor hablaba con una periodista. Claudia subía historias con una copa en la mano.
Luego el audio de una grabación apareció en la pantalla.
Era la voz de Diego.
“Mariana no pregunta nada. Confía en mí.”
Después se escuchó a Valeria.
“¿Y si descubre las transferencias?”
Diego soltó una risa.
“No va a descubrir nada. Mi esposa no entiende cómo funciona el mundo real.”
Mariana no se movió.
La mentira dolía.
Pero la seguridad con la que él hablaba de su confianza dolía más.
Entonces Valeria dijo algo que la dejó helada.
“¿Ya tienes listo el informe psicológico?”
Diego respondió:
“Sí. Si Mariana causa problemas, diremos que no está estable para tomar decisiones patrimoniales.”
Mariana apoyó una mano sobre el escritorio.
Diego no solo pensaba engañarla.
Pensaba borrarla.
A las 10:17 de la noche, Mariana subió a una camioneta distinta, sin chofer visible y sin lágrimas.
Cuando llegó al palacio donde se celebraba la gala, los fotógrafos se giraron sin reconocerla.
Dentro, las luces bajaron.
El maestro de ceremonias tomó el micrófono.
“Damas y caballeros, recibamos por primera vez en público a la presidenta del Consejo Castañeda.”
Diego dejó de sonreír cuando vio a su esposa caminar hacia el escenario.
Y justo antes de que Mariana tomara el micrófono, Valeria metió la mano en su bolso como si escondiera algo que podía cambiarlo todo.PARTE 3: EL JUICIO DE LA PRESIDENTA (FINAL)
El silencio en el gran salón del palacio fue absoluto. Las luces doradas de las arañas de cristal iluminaban el escenario mientras Mariana avanzaba con paso firme. Su vestido azul profundo y el collar de diamantes de su abuela Elena reflejaban una elegancia que nadie en esa sala pudo ignorar.

En la mesa principal, a solo unos metros del escenario, a Diego se le cayó la copa de vino de la mano, estrellándose contra el mantel blanco. Su rostro quedó completamente pálido, desprovisto de toda coloración.

Post navigation

Leave a Comment

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

back to top