Parte 1
—Papá… un hombre entra a tu habitación todas las noches cuando ya estás dormido.
Camila tenía 8 años.
Y Camila no era una niña que inventara historias para llamar la atención. Era tranquila, observadora y tan seria para algunas cosas que a veces parecía tener 30 años escondidos detrás de aquellos ojos enormes.
Por eso, cuando soltó aquella frase mientras yo la llevaba a la escuela, sentí que las manos se me aflojaban sobre el volante.
—¿Qué dijiste?
Ella siguió mirando por la ventana.
—Que un hombre entra al cuarto. Camina despacito para que no cruja el piso.
Sentí un golpe seco en el pecho.
—¿Qué hombre?
—No sé. Siempre trae una maleta negra.
Tragué saliva.
—¿Y tu mamá?
Camila se encogió de hombros.
—Está despierta.
Giré la cabeza hacia ella durante un segundo.
—¿Cómo sabes?
—Porque cierra los ojos cuando él entra. Pero antes está mirando la puerta.
Aquello me heló.
Mi esposa, Mariana, y yo llevábamos 11 años casados.
No éramos una pareja perfecta, pero yo creía que éramos sólidos. Habíamos comprado nuestra casa en Guadalajara después de años ahorrando. Teníamos una hija maravillosa. Yo trabajaba jornadas absurdas en un despacho corporativo porque estaba a pocos meses de convertirme en socio.
Mi vida estaba construida sobre una certeza muy sencilla:
Mariana estaba conmigo.
Hasta aquella mañana.
Dejé a Camila en la escuela y regresé directamente a casa.
Mariana estaba preparando café.
—¿Olvidaste algo?
—Sí.
Me miró.
—¿Qué?
No pude decirlo.
Quería preguntarle quién entraba a nuestra habitación por las noches.
Quería poner el teléfono sobre la mesa y exigir respuestas.
Pero algo me detuvo.
Tal vez fue la manera en que bajó la mirada.
Tal vez fueron las ojeras que llevaba semanas atribuyendo al cansancio.
O quizá fueron aquellas mangas largas que usaba aunque estábamos en temporada de calor.
—Nada importante —mentí—. Dejé unos documentos.
Ella sonrió.
Pero cuando me acerqué para besarla, se estremeció.
Un movimiento mínimo.
Casi invisible.
Esa reacción se quedó clavada en mi cabeza.
Trabajé desde casa aquel día.
O al menos fingí trabajar.
Mariana limpiaba, hacía llamadas, doblaba ropa.
Yo la observaba como si fuera una desconocida.
A las 3 de la tarde, su teléfono vibró sobre la barra de la cocina.
Ella lo agarró inmediatamente.
—Voy a poner una lavadora.
Entró al cuarto de servicio.
Yo me quedé inmóvil.
Entonces escuché su voz.
Muy baja.
—Sí… esta noche.
Silencio.
—Después de que Andrés se duerma.
Sentí que el estómago se me hundía.
No escuché nada más.
Mariana salió con una canasta de ropa.
—¿Quieres enchiladas para cenar?
La miré durante varios segundos.
—Lo que quieras.
Aquella noche cenamos juntos.
Camila habló de una exposición que tendría en la escuela.
Mariana sonrió.
Yo también.
Los 3 representamos nuestra pequeña obra familiar alrededor de la mesa mientras dentro de mí algo se estaba pudriendo.
A las 9:40 acompañé a Camila a su habitación.
Antes de apagar la luz le pregunté:
—Ese hombre que viste… ¿ha venido muchas veces?
—Sí.
—¿Cuántas?
Pensó un momento.
—Casi todas las noches.
Sentí rabia.
—¿Hace algo con tu mamá?
Camila frunció el ceño.
—No sé.
—¿Los has escuchado hablar?
—Muy poquito.
Se acomodó bajo la cobija.
—Mamá siempre parece triste cuando él viene.
Debí detenerme ahí.
Debí escuchar esa palabra.
Triste.
Pero los celos convierten cualquier pista en gasolina.
Cuando Mariana llegó a nuestra habitación eran poco más de las 11.
Traía una taza.
—Te preparé tu té.
Lo acepté.
Desde hacía meses me preparaba una infusión antes de dormir. Según ella, me ayudaba con el estrés.
Bebí apenas un sorbo cuando no estaba mirando.
Después llevé la taza al baño y vacié el resto en el lavabo.
—¿Te tomaste la pastilla para dormir? —preguntó.
—Sí.
Mentí otra vez.
Me acosté.
Esperé.
A mi lado, Mariana permaneció inmóvil.
Demasiado inmóvil.
Pasó la medianoche.
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