Vivían en un departamento de Polanco, Ciudad de México. No era una propiedad de lujo, pero sí era de Valeria. Lo había comprado antes de casarse, después de trabajar durante ocho años como administradora en una empresa de logística, ahorrando cada bono, cada aguinaldo y cada peso que otros gastaban en vacaciones.
Alejandro apareció después en su vida con su sonrisa encantadora de agente de seguros, sus trajes impecables y una habilidad casi sobrenatural para caerle bien a todo el mundo.
Para los vecinos era un hombre atento.
Para su madre era el hijo perfecto.
Y para su hermana, Rebeca Salazar, era una fuente de dinero… aunque casi nunca fuera suyo, sino de la esposa a la que siempre podían exprimir.
Rebeca jamás pedía algo pequeño.
Primero fue un perfume importado.
Luego una chamarra de diseñador.
Después pidió prestados doscientos cincuenta mil pesos “solo por una semana”.
Más tarde quiso usar la tarjeta de crédito de Valeria para pagar un curso de uñas, una televisión nueva y un viaje con sus amigas a Cancún.
Cada vez que Valeria decía que no, el tono de Alejandro cambiaba.
—Deja de ser tan tacaña.
—Para eso está la familia.
—Eres demasiado fría para entender.
—Mi hermana ha sufrido mucho.
Aquella mañana, mientras desayunaban, Alejandro leyó un mensaje de Rebeca y dio la orden sin siquiera levantar la vista del teléfono.
—Rebeca necesita tu tarjeta. Le rechazaron un pago.
—No —respondió Valeria con firmeza—. Ya le presté dinero tres veces y nunca me devolvió un solo peso.
Alejandro golpeó la taza contra la mesa.
—No te lo estoy pidiendo.
—Y yo no estoy negociando.
Fue entonces cuando el café salió volando.
Mientras el agua fría seguía cayendo sobre su rostro, Valeria alcanzó a ver su reflejo borroso en la ventana de la cocina.
La piel estaba completamente roja.
Los ojos llenos de lágrimas.
Los labios apretados para no suplicar.
Durante años se convenció de que Alejandro solo tenía un carácter fuerte.
Que Rebeca era egoísta, pero inofensiva.
Que las familias a veces se entrometían demasiado.
Que el matrimonio significaba soportar dificultades.
Pero nadie debería soportar que la persona que prometió amarla le arrojara café hirviendo al rostro.
Alejandro tomó las llaves del automóvil.
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