Dos veces.
Tres.
Flynn gritaba detrás de mí.
—¡DETÉNGANLA!
La tripulación apareció.
Pero no para detenerme.
El capitán salió del puente con dos hombres uniformados.
—Señora Sterling —dijo—. ¡Por aquí!
Me quedé paralizada.
—¿Quiénes son ustedes?
El hombre sacó una placa.
—Guardacostas.
Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.
—¿Cómo…?
El capitán señaló discretamente mi teléfono.
—Su jefe de seguridad nos avisó.
Marcus.
Lo había conseguido.
Pero entonces se escuchó un disparo.
Todos se agacharon.
Flynn apareció al final del corredor con un arma.
—¡Nadie se mueva!
Fiona y Aidan estaban detrás de él.
Por primera vez, los tres dejaron de fingir.
No eran mi familia.
Eran mis verdugos.
Flynn apuntó directamente hacia mí.
—Dame el teléfono.
Lo miré.
—¿Sabes qué es lo más gracioso?
—¡Cállate!
—Creías que yo era la heredera ingenua.
Di un paso atrás.
—Pero mi padre nunca me enseñó a confiar en las personas.
Flynn frunció el ceño.
—¿Entonces qué te enseñó?
Sonreí.
—A desconfiar de ellas.
En ese instante, las luces del yate se apagaron.
Todo quedó negro.
Se escucharon gritos.
Un forcejeo.
Un golpe.
Después, una voz atravesó la oscuridad:
—¡AHORA!
Las luces de emergencia se encendieron.
Flynn estaba en el suelo.
Aidan tenía las manos esposadas.
Fiona lloraba.
Y detrás de ellos había cuatro agentes armados.
Pero Flynn todavía sonreía.
—No importa —dijo.
Me acerqué lentamente.
—¿Qué no importa?
Escupió sangre al suelo.
—El dinero.
—¿Qué pasa con él?
—Ya está hecho.
Mi sonrisa desapareció.
—¿Qué hiciste?
Flynn levantó la mirada.
—Tu poder.
El mundo pareció detenerse.
—Transferí los activos hace dos días.
Sentí un vacío en el pecho.
—Mentira.
—Compruébalo.
Saqué mi teléfono.
Abrí la cuenta fiduciaria.
Y entonces vi la pantalla.
TRANSFERENCIA EN PROCESO.
Tres palabras.
Tres palabras que hicieron que el corazón se me detuviera.
Hasta que apareció una segunda notificación.
TRANSFERENCIA CANCELADA.
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