—¡Yo la humillé delante de toda la familia porque tú me dejaste creer que el problema era de ella!
Valeria sintió una extraña tranquilidad.
Durante años había imaginado aquel momento.
Pensó que sentiría satisfacción.
No sintió nada parecido.
Solo cansancio.
Cristian giró hacia Paola.
—¿De quién es ese bebé?
—No tienes derecho a hablarme así.
—¡Me dijiste que era mío!
Paola soltó una risa amarga.
—Y tú me dijiste que tenías una casa de millones, inversiones y negocios propios.
Cristian quedó en silencio.
—Creí que eras rico —continuó ella—. Tú creíste que mi familia era rica. Parece que ninguno preguntó demasiado.
Aquella frase dejó la situación brutalmente clara.
Cristian había visto en Paola una heredera que podía darle dinero y el hijo que su madre exigía.
Paola había visto en Cristian un empresario adinerado con una residencia de lujo.
Los 2 se habían enamorado de una mentira.
Horas después, Cristian entregó las llaves del vehículo.
Paola recogió sus pertenencias.
Beatriz salió de la residencia con 2 maletas.
Antes de marcharse, Cristian se acercó a Valeria.
—Dame unos días.
—Anoche me dejaste bajo la lluvia con una maleta.
—Estaba confundido.
—No.
Valeria negó lentamente.
—Estabas convencido de que ya no me necesitabas.
Cristian no pudo responder.
—Eso es distinto.
—Sí. Lo es.
Valeria señaló los documentos legales que tenía en las manos.
—Porque yo no cambié una cerradura a escondidas mientras tú estabas fuera. Todo lo relacionado con esta propiedad se está haciendo legalmente.
Cristian respiró hondo.
—Podemos arreglar esto.
Valeria lo miró sorprendida.
—¿Después de traer a otra mujer a nuestra casa?
—Cometí un error.
—No fue un error. Fue una decisión.
Cristian se marchó.
2 días después apareció en las oficinas de Grupo Altamira.
Había descubierto que la suspensión laboral podía convertirse en despido por las irregularidades financieras encontradas durante la auditoría.
Pidió hablar con la presidenta.
Cuando las puertas del elevador se abrieron en el piso ejecutivo, vio el nombre de Valeria en una placa de cristal.
Entró a su oficina y se quedó mirando las ventanas, la sala privada de juntas y las fotografías de proyectos inmobiliarios repartidos por todo México.
—Entonces era verdad —murmuró.
Valeria permaneció detrás de su escritorio.
—Nunca te dije que fuera pobre.
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