PARTE 3 — La trampa
El corazón me latía tan fuerte que temía que alguien pudiera escucharlo.
Volví a mirar el mensaje.
«Hay alguien de su lado».
¿Quién?
¿Quién de la tripulación estaba colaborando con ellos?
No tenía tiempo para investigar.
Abrí mi ordenador y revisé mis cuentas financieras.
El dinero seguía allí.
Pero había algo extraño.
Un intento reciente de acceder a mi cuenta.
Yo no lo había hecho.
Tampoco mi padre.
Alguien ya estaba intentando preparar la transferencia del dinero.
Y entonces recordé el poder notarial.
Lo busqué entre mis archivos.
Tenía una fecha que no recordaba.
No era la fecha en la que lo había firmado.
Alguien lo había modificado.
Sentí un escalofrío.
No era solo Flynn.
Alguien lo estaba ayudando.
Volvieron a llamar a la puerta.
Apagué el ordenador.
Fiona entró.
«¿Cómo te sientes, cariño?»
«Mejor».
Me miró.
«Me alegra».
Traía un cuenco de sopa.
«Hoy has comido muy poco».
«No tengo hambre».
«Tienes que comer».
Sonrió.
No sabía qué había en aquella sopa.
No la toqué.
«Me la comeré más tarde».
Fiona permaneció inmóvil durante unos segundos.
Después se marchó.
Esperé hasta que la puerta se cerró.
Entonces fui hasta la ventana.
Miré el mar.
Inmenso.
Oscuro.
El yate estaba lejos de la costa.
Si caía al mar, nadie podría encontrarme fácilmente.
Eso era exactamente lo que querían.
Mi teléfono vibró.
«¿Tienes acceso a un chaleco salvavidas?»
Respondí:
«Sí».
La respuesta llegó inmediatamente.
«No lo uses todavía. Espera hasta que te diga».
«¿Quién eres?»
No respondió.
Unos minutos después, escuché un ruido en el pasillo.
Uno de los empleados pasó frente a mi puerta.
Se detuvo.
Llamó.
«¿Señora? El capitán quiere verla».
Abrí un poco la puerta.
«¿Ahora?»
«Sí».
El mensaje llegó otra vez.
«NO VAYAS».
Cerré la puerta.
«Dígale que no me siento bien».
El hombre no se marchó inmediatamente.
«Es importante».
«No puedo».
Después de unos segundos, se alejó.
Respiré profundamente.
Entonces comprendí.
La persona que me enviaba los mensajes podía ver lo que estaba sucediendo.
Quizá estaba a bordo del yate.
Quizá me estaba vigilando.
Poco antes de medianoche, Flynn regresó.
«Tienes que salir un rato».
«No puedo».
«El aire te hará bien».
«No me siento bien».
Se inclinó hacia mí.
«Cariño, confía en mí».
Aquello fue lo más aterrador que había dicho jamás.
Porque ahora sabía lo que significaba.
No quería ayudarme.
Quería llevarme exactamente al lugar que había planeado.
La cubierta trasera.
Abrí la puerta.
«Está bien».
Flynn sonrió.
«Así me gusta».
Caminé junto a él.
Pero esta vez no era la víctima que él creía.
Ya había decidido que, si tenía que jugar su juego, lo jugaría hasta el final.
Y cuando llegamos a la cubierta trasera, vi algo que no esperaba.
Un hombre estaba de pie entre las sombras.
Y justo cuando Flynn le dio la espalda, el desconocido levantó la mano y me hizo una señal específica.
Entonces comprendí quién me había estado enviando los mensajes.
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