PARTE 1
Un cinturón negro se burló de la hija de la señora de limpieza; segundos después, un solo movimiento dejó al gimnasio mudo.
—Deje a mi mamá en paz.
La voz salió desde la entrada de la academia.
Marta Salgado se quedó inmóvil junto a su cubeta y su trapeador. Tenía 47 años, llevaba seis meses limpiando aquel lugar de artes marciales en Guadalajara y, hasta esa noche, había conseguido pasar casi desapercibida.
Pero quien acababa de hablar no era ella.
Era Lucía, su hija de 18 años.
Todavía llevaba la mochila de la escuela colgada de un hombro.
Ramiro Castañeda, dueño de la academia e instructor principal, giró lentamente hacia ella.
—¿Qué dijiste?
Lucía no bajó los ojos.
—Que deje a mi mamá en paz. Y que se disculpe.
Nadie dijo una palabra.
Hacía apenas unos minutos, Ramiro estaba terminando una clase avanzada con un pequeño grupo de alumnos. Marta esperaba que terminaran para poder limpiar el piso y regresar a casa.
Solo quería acabar su turno.
Entonces el mango de su trapeador golpeó accidentalmente una botella metálica.
La botella cayó.
El ruido resonó por todo el salón.
Marta se apresuró a levantarla.
—Perdón. Fue un accidente.
Ramiro dejó de hablar y caminó hacia ella.
—¿Un accidente?
Marta asintió.
—Sí, señor. No volverá a pasar.
Debería haber terminado ahí.
Pero Ramiro disfrutaba demasiado cuando tenía público.
Miró los guantes gastados de Marta, luego la cubeta y finalmente a sus alumnos.
—Este es un lugar donde se necesita concentración. Aquí enseñamos disciplina, fuerza y respeto.
Marta apretó el mango del trapeador.
—Lo entiendo.
Ramiro sonrió.
—¿De verdad?
Comenzó a caminar a su alrededor mientras varios alumnos observaban incómodos.
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