Rachel y yo nos conocíamos desde la universidad.
Era honesta hasta el punto de resultar dolorosa. Podía encantar a toda una sala, pero también era capaz de detectar una mentira antes de que la mayoría de la gente hubiera terminado de contarla.
—Ten una cita con él.
Ella se rio.
—Tienes que estar bromeando.
—Hablo en serio.
Su risa cesó.
—Lo sé.
—Y él me conoce a mí.
—Solo te ha visto unas pocas veces.
—Eso no hace que esto sea menos extraño.
Se lo expliqué todo.
Le hablé de las seis mujeres, de las citas exitosas y de las repentinas desapariciones.
—¿Así que quieres que lo investigue?
—Quiero que me cuentes qué sucede.
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—¿Y qué se supone que debo decir exactamente cuando me reconozca?
—Dile que nos conocimos a través de la aplicación. Puede que recuerde tu cara, pero no recordará tu nombre.
Rachel gimió.
—Probablemente.
—Podría arruinar nuestra amistad.
—No lo hará.
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