Al lado vivía Adrián, un hombre próspero, dueño de una casa imponente con un jardín impecable. Su césped, cuidado por un sistema de riego automatizado de última generación, era su motivo de vanidad. Adrián nunca vio con buenos ojos a su vecino anciano. Le molestaban las plantas «desordenadas» del huerto, el olor de la tierra húmeda y, sobre todo, la idea de que don Marcelo utilizara agua de una toma que, según él, debería haber sido cerrada hacía tiempo.
Un día, sin previo aviso, Adrián decidió cortar el suministro de agua que llegaba al huerto del anciano. Lo hizo con la convicción de quien cree tener siempre la razón por el simple hecho de tener más dinero. Don Marcelo, al descubrir que sus tomates comenzaban a marchitarse, no discutió ni levantó la voz. Solo bajó la mirada y siguió cargando cubetas de agua desde su cocina, una por una, para intentar salvar lo poco que podía.
La mañana siguiente lo cambió todo
Adrián se despertó más tarde de lo habitual, satisfecho consigo mismo. Preparó su café y salió al jardín para disfrutar de la vista de su césped perfecto. Sin embargo, apenas puso un pie afuera, se quedó paralizado.

El paisaje que tanto lo enorgullecía había desaparecido. En su lugar había un enorme lodazal. Durante la noche, uno de los sensores del sofisticado sistema de riego automático había fallado. Los aspersores estuvieron funcionando durante horas sin detenerse, inundando por completo el jardín.
- El agua se había acumulado en grandes charcos por todas partes.
- Zonas enteras de césped comenzaban a desprenderse del suelo.
- El barro cubría las jardineras, los caminos de piedra y hasta la terraza.

- Las plantas ornamentales, que costaban una fortuna, estaban prácticamente ahogadas.
—¡No puede ser! —gritó Adrián, con la taza de café aún temblando en su mano.
Corrió desesperado por el jardín intentando cerrar el sistema, pero el daño ya estaba hecho. Todo el trabajo de años, todo el dinero invertido en jardinería profesional, había quedado arruinado en una sola noche.

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