Tal vez menos.
Si nadie descubría que seguía viva, terminaría bajo tierra antes de recuperar el control del cuerpo.
Intenté mover la mano otra vez.
Nada.
Sentí lágrimas acumulándose bajo mis párpados cerrados.
Fue entonces cuando escuché unos pasos pequeños.
Era Emiliano, el hijo de Daniela.
Tenía 7 años.
El niño se acercó al ataúd comiendo una galleta y se quedó mirando por la abertura de la tapa.
Abrí los ojos.
Emiliano dejó de masticar.
Lo miré fijamente.
Parpadeé.
Una vez.
Dos veces.
La galleta cayó al piso.
—Mamá…
Daniela se volvió.
—¿Qué pasa, mi amor?
El niño señaló el ataúd.
—La tía Laura me está mirando.
El vaso que Daniela tenía en la mano se estrelló contra el suelo.
Y la expresión de Mauricio cambió por completo.
Parte 2: Durante unos segundos nadie respiró.
Mauricio reaccionó primero.
Se arrodilló frente a Emiliano.
—Estás confundido, campeón. Tu tía ya murió.
—No.
El niño negó con la cabeza.
—Me parpadeó.
Mi madre se puso de pie.
—Laura…
Mauricio se interpuso.
—Doña Teresa, no se haga esto. Está muy alterada.
Reuní toda la fuerza que me quedaba.
De mi garganta salió un gemido áspero.
Mi madre palideció.
—Quítate.
—Señora…
—¡Que te quites!
Lo empujó y abrió completamente el ataúd.
La luz me golpeó los ojos.
Escuché gritos.
Una tía comenzó a rezar.
Otra llamó al 911.
Mi madre me tocó la cara.
—¡Está viva! ¡Dios mío, mi hija está viva!
Mauricio permaneció inmóvil.
Lo miré.
No vi alivio.
Vi miedo.
Y cálculo.
Intenté levantar una mano y señalé a Daniela.
Mi collar brillaba sobre su vestido negro.
—Mío… —logré decir.
Todas las miradas fueron hacia ella.
Daniela agarró el dije.
—Mauricio dijo que tú querías que me lo quedara.
Mi madre explotó.
—¡Quítatelo!
—Mamá, déjame explicarte…
—¡Quítatelo ahora!
Mientras Daniela forcejeaba con el broche, el sabor de la leche con canela regresó a mi memoria.
Y también una frase.
La noche anterior, antes de perder totalmente el conocimiento, había escuchado a Mauricio hablar en la cocina.
—Mañana ya no podrá impedirnos nada.
Cuando llegaron los paramédicos, uno me preguntó si sabía dónde estaba.
Miré el féretro abierto.
—En mi propio velorio.
Después señalé a Mauricio y a Daniela.
—Llamen a la policía.
Mauricio caminó hacia la puerta.
Mi primo Javier se plantó frente a él.
—Nadie se va.
En urgencias, los análisis encontraron una concentración peligrosa de un sedante de uso controlado en mi sangre.
Nunca me habían recetado ese medicamento.
Esa misma tarde declaré ante la Fiscalía de Jalisco.
Conté lo de la transferencia, la leche, la conversación junto al ataúd y la póliza de casi 9 millones de pesos.
También expliqué que la casa donde vivíamos estaba únicamente a mi nombre.
Y que 5 meses antes había heredado de mi tía un pequeño edificio comercial en una zona de Guadalajara cuyo valor superaba los 12 millones de pesos.
El investigador dejó de escribir.
—¿Su esposo tenía acceso a las escrituras?
Sentí un escalofrío.
Leave a Comment