Parte 1
Cinco años después de mi divorcio, regresé a Guadalajara convencido de que mi antigua vida ya no podía alcanzarme.
Me equivoqué antes de salir del aeropuerto.
Renata, mi prometida, caminaba a mi lado mientras hablaba emocionada sobre nuestra boda. Habíamos vivido juntos casi 3 años en Monterrey y regresábamos para instalarnos definitivamente cerca de mi familia.
Mi madre llevaba meses organizándolo todo.
El salón.
La música.
Los invitados.
Hasta había decidido qué flores debían ir en cada mesa.
Yo solo quería llegar a casa, bañarme y dormir.
Entonces vi a una mujer arrodillada junto a un carrito de limpieza, recogiendo unos vasos de plástico cerca de una cafetería.
El uniforme gris.
El cabello recogido.
Un rostro más cansado de lo que recordaba.
Pero habría reconocido aquellos ojos en cualquier lugar.
Mariana.
Mi exesposa.
Me quedé inmóvil.
Renata también la vio.
Y su reacción fue todavía más extraña que la mía.
Me apretó el brazo con tanta fuerza que clavó las uñas en mi camisa.
“¿Qué hace ella aquí?”
Giré hacia Renata.
“¿Cómo sabes quién es?”
Se puso pálida.
“Tu mamá me enseñó fotografías.”
No tuve tiempo de preguntar más.
Mariana levantó la mirada.
Durante unos segundos, ninguno de los dos habló.
Después se quitó lentamente un guante.
“Alejandro.”
“Mariana.”
Miré su uniforme.
La última vez que supe de ella trabajaba en el área financiera de una empresa importante.
“Pensé que seguías como contadora.”
Sonrió apenas.
“La vida cambia.”
No había vergüenza en su voz.
Solo cansancio.
Le presenté a Renata.
“Nos vamos a casar.”
Mariana no pareció sorprendida.
Miró a Renata directamente.
“Ya lo imaginaba.”
Renata perdió todavía más color.
Quise saber por qué se miraban así.
Mariana empujó su carrito.
Antes de irse, dijo algo que me dejó inquieto.
“Si de verdad regresaste para quedarte, esta vez procura conocer toda la historia antes de tomar decisiones.”
“¿Qué historia?”
Ella negó con la cabeza.
“Aquí no.”
Durante el camino a casa, Renata insistió en que Mariana solamente quería provocarme.
Esa noche cenamos con mi madre, Teresa.
Cuando mencioné que había visto a Mariana trabajando en el aeropuerto, el tenedor de mi madre quedó suspendido en el aire.
Solo un instante.
Pero lo vi.
“¿Y qué?”, respondió.
“Me dijo algo raro.”
Mi madre dejó el cubierto sobre el plato.
“Alejandro, estás a punto de casarte. No vuelvas a abrir una puerta que ya cerraste.”
Renata apoyó inmediatamente la mano sobre la mía.
“Tu mamá tiene razón.”
Las miré.
Dos personas intentando terminar la misma conversación demasiado rápido.
A la mañana siguiente llegó mi tía Lucía.
Estábamos tomando café cuando pregunté otra vez por Mariana.
Mi madre perdió la paciencia.
“¿Vas a pasar toda la semana hablando de esa mujer?”
Mi tía dejó lentamente su taza.
“Teresa… ¿todavía no se lo dijiste?”
El silencio fue instantáneo.
Sentí que algo se hundía dentro de mi pecho.
“¿Decirme qué?”
Mi madre miró furiosa a su hermana.
“No te metas.”
Pero mi tía ya había entendido demasiado tarde que yo no sabía nada.
“Alejandro… yo pensé que sabías lo del embarazo.”
Se me secó la boca.
“¿Qué embarazo?”
Mi madre se levantó.
“Eso ocurrió hace muchos años.”
“¿Qué embarazo?”
Mi tía me miró directamente.
“Tres semanas después de que firmaron el divorcio, Mariana vino a esta casa. Estaba embarazada.”
Sentí que la habitación se inclinaba.
“¿De quién?”
Nadie respondió.
Miré a mi madre.
“Mamá.”
Ella cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, habló con una calma que me enfureció todavía más.
“Mariana dijo que el bebé podía ser tuyo.”
“¿Y tú qué hiciste?”
Mi madre apretó los labios.
“Decidí que no necesitabas saberlo.”
En ese momento comprendí que los últimos 5 años de mi vida se habían construido sobre una mentira.
Lo que todavía ignoraba era que aquella mentira tenía dos pares de ojos esperándome.
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