Esa tarde encontró nuevamente a Lucía.
—Explícame eso de mirar y ver.
Ella lo estudió con curiosidad.
—¿Por qué?
Diego tardó en contestar.
Finalmente dijo algo que jamás había reconocido delante de nadie.
—Porque creo que llevo años mirando todo sin ver nada.
Lucía permaneció callada.
Diego continuó.
—Tengo profesores y no escucho. Tengo libros y no leo. Tengo una familia y casi no sé quiénes son. Tengo cosas que otras personas quieren y a mí no me hacen sentir nada.
Rosa, que limpiaba cerca, levantó la cabeza.
Lucía cerró su cuaderno.
—Mi bisabuelo participó durante años en brigadas de búsqueda y rescate —explicó—. Decía que para encontrar a alguien no bastaba mirar un lugar.
—¿Entonces?
—Había que encontrar la historia.
Le explicó que su bisabuelo observaba pequeñas señales que otros ignoraban: una marca en el suelo, una puerta movida, objetos fuera de sitio.
No veía solamente cosas.
Buscaba relaciones entre ellas.
—Decía que casi todos vivimos en la superficie —continuó Lucía—. Escuchamos palabras, pero no preguntamos qué significan. Vemos a una persona enojada, pero no pensamos qué le duele.
Diego la miró fijamente.
—¿Puedes enseñarme?
Lucía pareció sorprendida.
—Puedo mostrarte lo que él me enseñó.
—Haré lo que sea.
—Entonces hay tres reglas.
Levantó un dedo.
—Primero, acepta que tal vez muchas cosas que crees saber están equivocadas.
Segundo dedo.
—Haz las cosas aunque al principio parezcan inútiles.
Después levantó el tercero.
—Y deja tu orgullo fuera.
Diego sonrió.
—Eso último va a ser difícil.
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