Parte 1
Durante casi 9 años, Mauricio Salgado hizo sentir a su esposa que había fracasado en la única cosa que, según él, debía hacer bien.
Darle un hijo varón.
Lucía había tenido 4 niñas.
Sofía, Valeria, Camila y Renata.
4 niñas sanas, inteligentes y cariñosas que corrían a abrazar a su padre cada vez que llegaba del trabajo.
Mauricio apenas las miraba.
Con la primera fingió alegría.
Con la segunda dejó de disimular.
Cuando nació la tercera, salió del hospital antes de que Lucía regresara a la habitación.
Y después de la cuarta, mientras ella todavía sostenía a la bebé entre los brazos, él soltó una frase que Lucía jamás olvidó.
—Parece que en tu familia solo saben fabricar mujeres.
Lucía se quedó callada.
Había aprendido a hacerlo.
Mauricio trabajaba como gerente financiero en una empresa de inversiones de Guadalajara. Vestía trajes caros, conducía una camioneta que en realidad todavía debía al banco y hablaba constantemente de patrimonio, apellido y legado.
Lo irónico era que no provenía de una familia rica.
Pero necesitaba que todos creyeran que sí.
Lucía había dejado su trabajo después de su segunda hija y se había dedicado por completo a la casa.
Cada vez hablaba menos.
Cada vez pedía permiso para más cosas.
Incluso para visitar a su propio padre.
Mauricio conocía a Tomás Hernández como un jubilado del gobierno que vivía tranquilamente fuera de la ciudad.
Nunca mostró interés por él.
—Tu papá es buen hombre, pero tampoco es alguien importante —decía Mauricio.
Lucía nunca lo corregía.
Tomás Hernández había pasado más de 40 años en el Ejército Mexicano y se había retirado con el grado de General de División.
No era millonario ni tenía un ejército privado esperando una llamada.
Pero conocía perfectamente la ley, conservaba amigos dentro de las instituciones y, sobre todo, había educado a su hija para que jamás aceptara que un hombre levantara la mano contra ella.
El problema era que Lucía llevaba años ocultándole muchas cosas.
Hasta que quedó embarazada por quinta vez.
En la semana 20, durante el ultrasonido, la doctora sonrió.
—Parece que ahora sí viene un niño.
Mauricio se puso de pie de golpe.
—¿Está segura?
Lucía jamás había visto semejante felicidad en su rostro.
Esa misma semana compró muebles nuevos, mandó pintar el cuarto de azul oscuro y empezó a hablar de su hijo delante de sus hijas como si ellas no estuvieran presentes.
—Él sí va a continuar mi apellido.
Lucía miraba a sus 4 niñas y sentía un nudo en el pecho.
Pero se convenció de que, tal vez, después del nacimiento, todo se calmaría.
Se equivocó.
El parto comenzó una madrugada de lluvia.
Después de casi 12 horas, Lucía dio a luz a un niño sano.
Lo llamaron Mateo.
Cuando la enfermera lo colocó sobre su pecho, Lucía lloró.
No porque fuera niño.
Lloró porque después de meses de miedo finalmente lo tenía vivo y respirando entre sus brazos.
Mauricio entró unos minutos después.
Se acercó sin besar a Lucía.
Sin preguntarle cómo estaba.
Fue directamente hacia el bebé.
—Déjame verlo.
Lucía apartó con cuidado la manta.
Mateo abrió los ojos.
Eran claros.
Muy claros.
Azules.
Lucía sonrió débilmente.
Su padre tenía exactamente los mismos ojos.
Pero Mauricio dejó de respirar por unos segundos.
—¿Qué es eso?
—¿Qué cosa?
—Sus ojos.
Lucía frunció el ceño.
—Mauricio, mi papá tiene los ojos azules.
Él levantó la mirada.
—En mi familia nadie tiene ojos así.
—Ya lo sé, pero…
—Entonces no es mío.
Lucía sintió que todo el cansancio del parto desaparecía de golpe.
—¿Qué acabas de decir?
—Que ese niño no es mío.
—Mauricio…
—¡No me veas la cara de idiota!
La enfermera que estaba acomodando unas cosas junto a la puerta se giró.
Lucía bajó la voz.
—Estás en un hospital. Acabo de dar a luz. Hablamos después.
Mauricio se acercó aún más.
—Después no hay nada que hablar. Me engañaste.
—No te engañé.
—Entonces demuéstralo.
Lucía intentó incorporarse.
—Haz una prueba de ADN si quieres.
Mauricio soltó una risa seca.
—Claro que la voy a hacer.
Y entonces ocurrió.
Lucía apenas alcanzó a ver el movimiento de su brazo.
La bofetada le giró la cara.
El golpe fue tan fuerte que sintió inmediatamente el sabor metálico de la sangre dentro de la boca.
Su primera reacción no fue defenderse.
Fue abrazar a Mateo.
Se inclinó sobre el bebé y cubrió su cabeza con ambos brazos.
La enfermera gritó.
—¡Señor!
Mauricio seguía fuera de sí.
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