Me aferré al marco de la puerta.
—¿Usted es la mamá de Mateo? —preguntó.
No pude responder. Asentí.
La niña miró la mochila y luego me miró a mí con esa expresión de quien lleva mucho tiempo preparándose para un momento y ahora que ha llegado no está segura de si está lista.
—Él me hizo prometer que la protegería —dijo, con la voz apenas por encima del susurro—. Hasta hoy.
—¿Cómo te llamas? —logré decir.
—Valentina. Soy de su salón. Yo estaba ahí cuando…
Se detuvo. Sus labios temblaron.
—Pasa —dije.
Valentina entró y se sentó en el borde del sofá con la mochila sobre las rodillas, con esa postura recta de los niños cuando están en un lugar que no conocen y se esfuerzan por comportarse bien. Yo me senté frente a ella y esperé, porque podía ver que necesitaba un momento para ordenar lo que había venido a decir.

—El día que pasó —empezó finalmente—, en el recreo, Mateo me dijo que se sentía raro. No enfermo exactamente. Raro. Dijo que le dolía el pecho pero que no era un dolor fuerte, que era como una presión.
Mi corazón se detuvo un momento.
—¿Se lo dijo a algún adulto?
Valentina asintió despacio.
—Se lo dijo a la señora Ramos. Antes de que empezara el recreo. Yo estaba cerca y lo escuché.
—¿Qué le respondió?
La niña apretó un poco más la mochila.
—Le dijo que seguramente era por correr. Que tomara agua y saliera a jugar. —Hizo una pausa—. Mateo le dijo que su mamá le había dicho que si alguna vez sentía eso tenía que decírselo a un adulto de inmediato. Y la señora Ramos le dijo que su mamá exageraba, que los niños siempre tenían cosas raras y que no era para tanto.

El aire de la sala se volvió diferente. Más denso. Más quieto.
Leave a Comment