“¿Qué le dijiste exactamente a tu madre?” Preguntó Méndez.
Salomé miró a Ramira primero, como pidiendo permiso, y su madre asintió inmediatamente, agarrando el borde de la mesa con manos temblorosas.
La niña respiró lentamente.
“El hombre que murió esa noche… no estaba solo en la casa”, dijo en voz baja.
Las palabras aterrizaron en la habitación como una piedra caída en agua tranquila.
Ramira cerró los ojos por un momento como si reviviera la noche que había destruido su vida.
“Les dije eso”, susurró. “Pero nadie me escuchó”.
Méndez se levantó lentamente, su mente ya revisaba el expediente del juicio que parecía tan completo.
Había un testigo que afirmaba ver a Ramira salir de la casa.
Huellas dactilares en el cuchillo.
Sangre en su ropa.
Todas las piezas encajaban demasiado perfectamente.
Quizá demasiado perfectamente.
“¿Quién más estaba allí?” Méndez le preguntó a la niña cuidadosamente.
Salomé lo miró directamente a los ojos, y algo en su mirada hizo que el experimentado oficial se sintiera inesperadamente incómodo.
—Mi tío Mateo —dijo ella.
Ramira jadeó.
El nombre la llamó la atención como un rayo porque Mateo había sido el hermano menor de su marido, el hombre que había testificado durante la investigación alegando que llegó después de que el crimen ya había ocurrido.
—No… —Susurró Ramira, sacudiendo la cabeza lentamente.
Pero Salomé continuó.
“Lo vi esa noche,” dijo la chica en voz baja. “Me dijo que me quedara en mi habitación y que no saliera porque los adultos estaban hablando”.
El trabajador social se enderezó inmediatamente.
“Salomé, nunca mencionaste esto durante la investigación”, dijo, con la voz ahora tensa.
Salomé bajó ligeramente la mirada.
“Nadie me preguntó qué veía”, respondió ella simplemente.
Esas ocho palabras hicieron que el aire en la habitación se sintiera más pesado.
Méndez se frotó la barbilla lentamente.
Recordó haber leído que la niña había estado dormida durante el incidente.
Esa suposición había sido aceptada sin cuestionamiento.
– ¿Qué viste exactamente? Preguntó de nuevo.
Salomé tomó otro aliento.
“Me desperté porque estaban discutiendo”, dijo. “Mi padre estaba gritando, y el tío Mateo gritaba más fuerte”.
Las manos de Ramira comenzaron a temblar de nuevo, pero esta vez por shock en lugar de desesperación.
“¿De qué estaban discutiendo?” Preguntó Méndez.
—Dinero —respondió Salomé. “Y algo que mi padre llamó una traición”.
El coronel sintió una sensación de frío que se arrastraba a lo largo de su columna vertebral.
El informe oficial había declarado que la víctima, el esposo de Ramira, había sido atacada repentinamente sin previo aviso.
No se menciona un argumento.
No se mencionó que Mateo estuviera presente antes.
“¿Entonces qué pasó?” Méndez preguntó lentamente.
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