saludó con naturalidad.
Desde entonces buscaba cualquier excusa para pasar por su habitación. Él me contó que nunca se había casado. Yo le confesé lo mismo. Hablamos de recuerdos, de rodillas doloridas, de sueños viejos. Con los días, las décadas de distancia parecían encogerse.

Una propuesta que parecía imposible
Una tarde, con cáncer en fase avanzada y sabiéndose sin tiempo, Thomas tomó mi mano y me pidió que me casara con él. Dijo que me había amado toda la vida y que era su último deseo. Le respondí que sí.
La ceremonia se celebró tres días después en su habitación, con una enfermera como testigo y un hombre discreto llamado Walter, su abogado. Me pareció extraño que un abogado asistiera a una boda tan íntima, pero Thomas me apretaba la mano y no le di importancia. Después de los votos, Walter abrió un maletín y me pidió firmar varios documentos. Confiaba plenamente en Thomas: firmé sin dudar.
Cuando le conté a Raymond, estalló. Me gritó que había perdido la cabeza, que me estaban manipulando, que anulara todo de inmediato. Corté la llamada.

La despedida y la visita del abogado
Un mes después, Thomas murió tranquilo, tomado de mi mano. En el funeral, Raymond esperó a que la gente se retirara para acercarse a hablarme de “finanzas familiares”. A la mañana siguiente, alguien tocó mi puerta. Era Walter, con una pequeña caja de madera bajo el brazo.
Se sentó frente a mí, sonrió con calma y dijo: “Thomas tenía razón. Caíste directamente en su trampa.” Las manos me temblaron. Entonces sacó una carta y comenzó a leerla en voz alta: “Querida Nancy, perdóname. Te tendí una trampa, pero tú nunca fuiste la persona que quería atrapar.”
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