Vi a un anciano de unos 70 años llevar a mi hija de 6 años hacia su cobertizo y mi vecina me susurró: “Llama a la policía antes de que cierre la puerta”. Cuando corrí hacia ellos, la puerta ya se había cerrado. Segundos después, mi hija salió sonriendo con un viejo globo terráqueo entre los brazos. Entonces vi la tierra recién removida detrás del cobertizo… justo donde todos decían que aquel hombre había enterrado a su mujer.

Vi a un anciano de unos 70 años llevar a mi hija de 6 años hacia su cobertizo y mi vecina me susurró: “Llama a la policía antes de que cierre la puerta”. Cuando corrí hacia ellos, la puerta ya se había cerrado. Segundos después, mi hija salió sonriendo con un viejo globo terráqueo entre los brazos. Entonces vi la tierra recién removida detrás del cobertizo… justo donde todos decían que aquel hombre había enterrado a su mujer.

Parte 1

—Ese viejo hizo desaparecer a su esposa… y ahora tu hija está entrando sola en su cobertizo. Si yo fuera tú, llamaría a la policía antes de que cierre la puerta.

Elena dejó caer la cuchara dentro de la taza.

El café salpicó la mesa de la pequeña cocina que rentaba en las afueras de Valle de Bravo, pero ni siquiera lo notó.

—¿Qué dijiste?

Su vecina, Marta, señaló hacia el sendero de tierra que atravesaba los pinos.

—Vi a Camila cruzar la cerca de don Julián. Llevaba una bolsita con pan dulce.

Elena salió corriendo.

Solo llevaba 4 meses viviendo allí con su hija de 6 años. Después de que su esposo murió en un accidente carretero, había pasado años sobreviviendo con empleos temporales, deudas y noches en las que fingía estar bien para que Camila no la viera llorar.

Mudarse a aquel pueblo había sido su intento de empezar de nuevo.

Trabajaba por las mañanas en una farmacia y 3 noches a la semana limpiaba consultorios médicos. No era la vida que había imaginado, pero por primera vez podía pagar la renta sin pedir ayuda.

Y Camila parecía feliz.

Demasiado curiosa, quizá.

La niña recogía hojas, hacía preguntas a desconocidos y estaba convencida de que cada casa vieja escondía un tesoro.

Así había descubierto la propiedad de don Julián.

La casa se encontraba al final de un camino estrecho, rodeada por pinos altos y una cerca vieja. Detrás había un cobertizo de madera, un pequeño jardín y una construcción cubierta de enredaderas.

Los rumores sobre el dueño eran mucho menos encantadores.

Decían que su esposa, Isabel, había desaparecido años atrás.

Que nadie había visto un funeral.

Que el anciano vivía aislado desde entonces.

Y que tenía 2 enormes animales grises que parecían lobos.

Cuando Elena llegó jadeando, encontró a Camila sentada en el porche.

Frente a ella estaba un hombre de unos 70 años, barba blanca, camisa de cuadros y manos gastadas.

Sostenía un reloj de bolsillo.

—Era de mi abuelo —decía—. Tiene más de 100 años.

—¿Y todavía funciona?

—Cuando quiere. Igual que yo.

Camila soltó una carcajada.

—¡Camila!

La niña se levantó de golpe.

—Mamá, él es don Julián. Tiene mapas viejísimos y un globo enorme y dice que…

—Nos vamos.

Elena la tomó de la mano.

Julián se puso de pie lentamente.

—Entiendo que esté preocupada, señora.

—Mi hija no debería estar aquí.

—Tiene razón. Pero no le hice daño. Solo apareció con 2 conchas y me preguntó si conocía todos los países del mundo.

Elena no respondió.

En casa, se arrodilló frente a Camila.

—Nunca vuelvas a cruzar esa cerca sin mí. Nunca.

—Pero don Julián es bueno.

—No lo conoces.

—Tú tampoco.

La frase le dolió más de lo esperado.

Aquella noche, Marta le envió capturas del grupo vecinal.

“Ese hombre es peligroso.”

“Su esposa desapareció y nadie investigó.”

“Yo he escuchado animales aullar de madrugada.”

Incluso Laura, la hermana mayor de Elena, llamó desde Toluca.

—No puedes permitir que Camila se acerque a ese hombre.

—No la estoy dejando.

—Entonces controla mejor a tu hija.

Elena apretó los dientes.

parte2

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