La mañana de la boda debía ser uno de los días más felices en la vida de Mercedes Robles, una viuda de 68 años que había construido junto a su difunto esposo, don Ernesto, una fortuna considerable a base de trabajo y sacrificio. En lugar de eso, despertó en su casa de Lomas de Chapultepec con una sensación extraña. Al llevarse la mano al cabello, no encontró nada. Alguien había entrado a su habitación durante la noche y le había rapado la cabeza mientras dormía.
Una nota cruel y un vestido destrozado
Sobre el escritorio la esperaba un papel doblado con la caligrafía impecable de Renata, su futura nuera: «Ahora sí te ves como lo que eres: una vieja fastidiosa.» El vestido azul perla que Mercedes había elegido para la ceremonia estaba cortado en tiras, y su joyero había desaparecido. Las cámaras de seguridad mostraban que la alarma había sido desactivada a las 3:12 de la madrugada con un código temporal que ella misma le había entregado a Renata días antes.
Carmen, la empleada de confianza, confirmó entre lágrimas haber visto a la novia salir de la habitación esa noche. Mercedes intentó llamar a su hijo Santiago, pero fue Renata quien respondió desde el teléfono de él, pidiéndole que no arruinara el día con «escándalos por su apariencia».
Una fortuna en juego
Lo que Renata ignoraba era que Mercedes ya sospechaba de ella desde la noche anterior. Durante la cena de ensayo en Polanco, escuchó por casualidad, escondida en el baño del restaurante, cómo la novia se reía con sus damas de honor sobre «los 2.400 millones de pesos» que la esperaban. Renata planeaba convencer a Santiago de mudarse a Madrid, aislar a Mercedes y, si era necesario, declararla mentalmente incapaz para administrar su patrimonio.
Ese dinero estaba destinado a un fideicomiso para la nueva pareja, una promesa que Mercedes había hecho a su esposo antes de morir. El transferimiento estaba programado para la mañana siguiente a la boda.
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