Yo sentía náuseas.
“Mi mamá pasó años creyendo que no valía nada porque nadie quería contratarla.”
Octavio cerró los ojos.
“Vendió el coche. Trabajó limpiando oficinas por la noche.”
Guillermo respondió:
“Yo no fui responsable de todas sus decisiones.”
Aquella frase terminó de romper algo dentro de mí.
“Tenía una hija pequeña.”
“Y yo tenía una reputación que proteger.”
Mi abuelo dio un paso hacia él.
“¿Una reputación?”
Nunca había escuchado a Octavio hablar con aquella voz.
“Mi hija llegó llorando a mi casa porque tú habías conseguido que cerraran todas las puertas. Se pasó años pensando que había hecho algo malo por decirte que no.”
Guillermo miró hacia la calle.
“Eso ocurrió hace 20 años.”
“No para nosotros”, respondí.
Valentina comenzó a moverse en mis brazos.
La abracé.
Mateo se acercó ligeramente, pero se detuvo antes de tocarla.
Por primera vez parecía entender que ya no tenía derecho a decidir cuándo podía acercarse.
Mi abuelo observó a Mateo.
“¿Y tú sabías todo esto?”
“No. Descubrí lo del documento cuando se liberó el fideicomiso.”
“Pero sí sabías que Mariana era aquella niña.”
Mateo asintió.
“Sí.”
Octavio negó con la cabeza.
“Entonces mentiste.”
“Sí.”
Mateo no intentó justificarse.
“Y desaparecer cuando quedó embarazada fue la peor decisión de mi vida.”
Guillermo soltó una carcajada.
“Qué dramático. Tienes 30 millones de pesos y una hija sana. Todo salió bien.”
Mateo se volvió hacia él.
“No. Todo salió como tú querías.”
El silencio cayó sobre nosotros.
“Acepté tu condición porque me convencí de que estaba sacrificando unos meses para proteger el resto de nuestra vida. Pero hice exactamente lo que tú hiciste siempre.”
Guillermo frunció el ceño.
“¿Qué?”
“Decidir por una mujer porque yo creía saber qué era mejor para ella.”
Esas palabras me golpearon.
Miré a Mateo.
Él continuó.
“Mariana tenía derecho a decidir si quería estar conmigo sin el dinero. Tenía derecho a saber de mi familia. Tenía derecho a saber que su madre había sido víctima de un fraude.”
Se secó las lágrimas.
“Y sobre todo tenía derecho a decidir si quería enfrentar el embarazo conmigo.”
Yo había pasado meses imaginando el momento en que Mateo regresara.
En algunas versiones lo abrazaba.
En otras lo golpeaba.
En otras cerraba la puerta sin escucharlo.
La realidad era más complicada.
Lo amaba.
Y también estaba furiosa.
“Quiero preguntarte algo”, dije.
“Lo que quieras.”
“Si el fideicomiso hubiera tardado 2 años en liberarse, ¿habrías esperado 2 años?”
Mateo abrió la boca.
Luego la cerró.
“No lo sé.”
Agradecí esa respuesta más que cualquier mentira tranquilizadora.
“Entonces todavía no entiendes completamente lo que hiciste.”
“Estoy intentando hacerlo.”
“No necesito que lo intentes conmigo. Necesito que lo demuestres con ella.”
Miró a Valentina.
Su voz se quebró.
“¿Puedo conocerla?”
Durante segundos nadie dijo nada.
Levanté ligeramente a mi hija.
Mateo se acercó.
“Ella es Valentina.”
Él sonrió llorando.
“Hola, Valentina.”
No se la entregué.
Todavía no.
“Puedes ser su padre.”
Mateo levantó los ojos.
“¿En serio?”
“Sí. Pero eso no significa que volvamos.”
Su rostro cayó, aunque asintió.
“Lo entiendo.”
“Y hay reglas.”
“Todas las que quieras.”
“No. No todas las que yo quiera. Ese es precisamente el problema.”
Respiré.
“Las decisiones sobre Valentina se hablan. Se acuerdan. Nadie desaparece para hacer planes secretos por el bien de otra persona.”
“De acuerdo.”
“Si tienes miedo, me lo dices.”
“Sí.”
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