—Está dirigido exclusivamente al señor Alejandro Mendoza.
Alejandro lo tomó.
En una esquina aparecía el nombre de un despacho especializado en sucesiones, fideicomisos y delitos patrimoniales de Guadalajara.
Reconoció inmediatamente al abogado responsable.
Héctor Villaseñor.
3 semanas antes, Alejandro había contratado a Héctor después de encontrar movimientos extraños en unos estados de cuenta pertenecientes al patrimonio que su padre, Ernesto Mendoza, había dejado antes de morir.
Durante 10 años, Alejandro había evitado revisar aquellas cuentas.
Confiaba en Teresa.
Hasta que empezó a notar demasiadas coincidencias.
Viajes de Claudia.
Colegiaturas privadas.
Joyas.
Remodelaciones.
Y ahora una Jeep de más de $1,000,000.
Alejandro rompió el sello.
—No lo abras aquí —susurró Teresa.
Fue la primera vez en toda la tarde que su voz sonó asustada.
Alejandro levantó la mirada.
—¿Por qué?
—Porque son asuntos de familia.
Valeria observó a su abuela.
—Hace 10 minutos dijiste frente a todos que yo era la nieta de las sobras.
Nadie dijo una palabra.
Alejandro sacó el primer documento.
Era un dictamen contable de 74 páginas.
Debajo había una copia certificada del fideicomiso creado por Ernesto antes de morir.
Y después, varios oficios emitidos esa misma semana.
Alejandro empezó a leer.
Su expresión cambió.
Claudia se acercó.
—¿Qué dice?
Él pasó rápidamente las hojas.
En el fideicomiso, Ernesto había destinado 2 partes iguales de un patrimonio para sus nietas.
Una para Renata.
Otra para Valeria.
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