—Sesenta y ocho —respondió ella—. Pero a estos no los quiso nadie.
Su pensión no alcanzaba, por eso recogía cartón y chatarra. Todo lo que ganaba lo destinaba a comida y medicinas. No había pedido ayuda porque temía que se llevaran a los animales a refugios saturados donde los viejos y enfermos difícilmente encontrarían un hogar.
La respuesta de la comunidad
La noticia se difundió rápidamente. Para sorpresa de muchos, la ciudad no reaccionó con enojo, sino con solidaridad. Ovidiu, el carnicero, fue el primero en ofrecer donar carne cada semana. Un veterinario se comprometió a atender a los animales sin cobrar. Voluntarios llegaron a limpiar la nave y construir refugios más seguros.
La municipalidad, junto con una asociación protectora de animales, consiguió un terreno autorizado donde los animales fueron trasladados poco a poco. Allí recibirían cuidados adecuados y tendrían más posibilidades de ser adoptados. Lidia fue invitada a quedarse como voluntaria permanente.
La verdadera lección
El primer día en el nuevo refugio, uno de los policías fue a visitarla. La encontró acariciando a un perro viejo que se había quedado dormido sobre sus rodillas.
—¿Sabe qué? —le dijo sonriendo—. Cuando recibimos la denuncia, estaba convencido de que íbamos a descubrir algo terrible.
Lidia lo miró con calma y respondió en voz baja:
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