Ninguno mostró agresividad. Al ver entrar a Lidia, todos comenzaron a mover la cola y acercarse a ella.

—Señora… ¿cuánto tiempo lleva haciendo esto? —preguntó uno de los policías, bajando la linterna.
—Casi tres años —respondió ella, secándose los ojos.
Un refugio hecho con amor y chatarra
Ovidiu finalmente comprendió: toda esa carne era para los animales. Lidia contó que, tras la muerte de su hijo, no había podido soportar ver animales abandonados en la calle. Comenzó con dos perros. Después fueron cinco, luego diez, y así siguieron llegando más.
El edificio no era lujoso, pero estaba limpio. Había recipientes con agua fresca, mantas viejas, paja y jaulas improvisadas para los animales enfermos. Colgado en una pared, un cuaderno donde Lidia anotaba minuciosamente cada rescate: dónde había encontrado al animal, qué tratamiento recibió y si había sido adoptado.

—Ya entregó decenas de animales en adopción… —murmuró un agente mientras hojeaba las páginas.
—Sesenta y ocho —respondió ella—. Pero a estos nadie los quiso.
Su jubilación no alcanzaba, así que recogía cartones y chatarra. Todo lo que ganaba era para comprar comida y medicinas. No había pedido ayuda porque temía que se llevaran a los animales a refugios saturados, donde los viejos y enfermos difícilmente encontrarían un hogar.

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