Nada espectacular.
El segundo todavía brilla.
—Este —dije señalando el viejo.
—Pero el otro es más bonito.
—El otro representa una promesa.
—¿Y ese?
Sonreí.
—Todo lo que pasó después de cumplirla.
Mi nieta tomó mi mano.
—¿Extrañas al abuelo?
—Todos los días.
—¿Todavía te pone triste?
Pensé antes de responder.
—Algunos días.
—¿Y los demás?
Miré el anillo.
—Los demás me hace sentir afortunada.
Eso es el duelo después de muchos años.
Al principio la ausencia ocupa toda la habitación.
Después aprende a sentarse en una esquina.
Nunca desaparece completamente.
Pero deja espacio para otras cosas.
Risas.
Viajes.
Cumpleaños.
Nuevos recuerdos.
Vida.
El día que encontré aquel anillo pensé que Ernesto me había dejado un último secreto.
En realidad me había dejado una última instrucción.
No detenerme.
Cuarenta años de matrimonio terminaron con una urna, una pequeña bolsa de terciopelo y una carta.
Pero nuestro amor no terminó obligándome a permanecer exactamente donde él me dejó.
Hizo lo contrario.
Me empujó hacia adelante.
Todavía puedo recitar la inscripción sin mirar:
“40 vidas contigo no serían suficientes”.
Yo también habría querido otras cuarenta.
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