—Valeria lleva meses haciendo que los demás duden de sí mismos —dijo doña Elvira—. Da una instrucción y luego jura que dijo otra cosa.
Alejandro sintió un nudo en el estómago.
—¿También contigo?
—Conmigo no se atreve demasiado. Pero conmigo cerca sí lo ha hecho con Marisol.
Elvira dejó su tejido sobre las piernas.
—Una vez le pidió que comprara flores blancas para el comedor. Cuando llegaron, Valeria dijo delante de unas amigas que había pedido rosas. Marisol se disculpó aunque yo misma escuché la orden.
Alejandro permaneció en silencio.
—Otro día le pidió cambiar unas cortinas. Cuando regresaste, Valeria comentó que Marisol había movido cosas sin permiso. Y cuando vienen invitados, la abraza, le dice “preciosa” y habla de ella como si fuera parte de la familia. Apenas se van, cambia completamente.
—¿Por qué nunca me dijiste nada?
Elvira lo miró con tristeza.
—Porque durante mucho tiempo tampoco parecías dispuesto a mirar.
Aquello dolió porque era verdad.
Alejandro comenzó a preguntar.
No reunió al personal en una misma habitación. Habló con cada persona por separado.
Primero con Carmen, la cocinera.
—No quiero causarle problemas, señor Alejandro —dijo ella.
—No vas a causarlos. Solo dime la verdad.
Carmen respiró hondo.
—La señorita Valeria es muy amable cuando hay gente. Pero cuando estamos solos cambia. A mí una vez me pidió preparar comida para 6 personas. Después llegaron 10 y dijo frente a su mamá que yo había olvidado a 4 invitados.
—¿Y tú qué hiciste?
—Nada. ¿Qué podía hacer?
Luego habló con Óscar, el chofer.
—Me dejó esperando casi 2 horas afuera de una plaza —contó—. Después llegó enojada porque supuestamente yo había aparecido tarde. Cuando intenté mostrarle los mensajes, me dijo que no fuera irrespetuoso.
Don Ernesto, el jardinero, contó algo parecido.
Una instrucción dada de cierta manera.
Después negada.
Una equivocación fabricada.
Una reprimenda frente a otras personas.
Todos habían guardado silencio por miedo a perder el trabajo.
Y ninguno sabía lo que los demás habían contado.
Alejandro terminó sentado solo en su oficina.
Sobre el escritorio estaban las invitaciones de boda.
Su nombre junto al de Valeria.
Alejandro y Valeria.
Durante meses aquellas palabras habían representado un futuro.
Ahora parecían una advertencia.
Pensó en su madre.
Rosa había muerto 4 años antes, pero todavía podía escucharla decir:
—Mira cómo alguien trata a quien no necesita impresionar. Ahí vas a saber quién es.
Alejandro cerró los ojos.
Había tenido la respuesta frente a él desde aquella tarde del vino.
Solo le había faltado valor para aceptarla.
Esa noche fue a buscar a Marisol.
Ella estaba quedándose temporalmente con una tía en Tonalá.
Cuando abrió la puerta y lo vio, no sonrió.
—Marisol, vine a pedirte perdón.
—No tiene que hacerlo.
—Sí tengo.
Alejandro no intentó justificarse.
Le contó que había hablado con Elvira, Carmen, Óscar y Ernesto.
—Sé lo que Valeria hizo.
Marisol cruzó los brazos.
—Ahora lo sabe.
—Debí creerte antes.
—Sí.
La respuesta fue simple.
Y precisamente por eso dolió.
—Cuando usted me pidió que me fuera —continuó ella—, lo peor no fue perder unos días de trabajo. Fue darme cuenta de que Valeria llevaba semanas diciendo que yo era irresponsable y que, cuando llegó el momento, funcionó.
Alejandro bajó la mirada.
—Tienes razón.
—Yo no necesito que venga a decirme que ella es mala. Necesitaba que alguien me preguntara qué estaba pasando antes de decidir que seguramente yo había cometido otro error.
Él permaneció en silencio.
No había nada que discutir.
—No puedo cambiar lo que hice —dijo finalmente—. Pero puedo asegurarme de no repetirlo.
Marisol asintió, aunque no prometió regresar.
Alejandro se marchó.
La boda era 2 días después.
Valeria creyó durante aquellas 48 horas que todo había vuelto a la normalidad.
Alejandro no discutió.
No gritó.
No canceló proveedores.
No habló con la familia de ella.
Y ese silencio hizo que Valeria se sintiera segura.
El sábado, un hotel de lujo en Zapopan recibió a más de 180 invitados.
Flores blancas cubrían el salón.
Un cuarteto tocaba junto al jardín.
Las mesas estaban exactamente donde Valeria había querido.
Alejandro llevaba un traje oscuro.
Valeria apareció con un vestido que llevaba meses eligiendo.
Para cualquiera que mirara desde afuera, todo era perfecto.
Hasta que ocurrió algo pequeño.
Un joven mesero perdió el equilibrio cerca del bar.
Una bandeja con varias copas vacías cayó al suelo.
El estruendo hizo que varias personas giraran la cabeza.
Valeria se acercó.
Mantuvo una sonrisa porque había invitados alrededor.
Pero cuando creyó que nadie importante podía escucharla, bajó la voz.
—¿Eres incompetente o qué te pasa?
El muchacho se agachó de inmediato.
—Discúlpeme.
—Sabes cuánto cuesta un evento así. Si vuelves a hacer algo parecido, voy a asegurarme de que no trabajes aquí otra vez.
Alejandro estaba a pocos metros.
La escuchó.
Y esa vez no sintió sorpresa.
Solo certeza.
Leave a Comment