Fingió ser perezoso.
Desordenado.
Brusco.
Cruel.
“¡Esta comida es horrible!”, gritó, tirando el plato.
“¡Eres demasiado lento! ¡Límpiame la espalda!”
Durante tres meses, Clara se convirtió en su cuidadora.
Y sin embargo, nunca se quejó.
—Lo siento, Don Baste. Mañana me esforzaré más —era siempre su amable respuesta.
Todas las noches, mientras Baste dormía —o fingía dormir—, Clara le hablaba en voz baja mientras le masajeaba los pies hinchados.
—Sé que eres amable —susurró ella.
“Tal vez te duela que te hayan herido con sus palabras. No te preocupes. Estoy aquí. Soy tu esposa. No te abandonaré.”
Baste escuchó cada palabra.
Y bajo su gruesa “piel”, su corazón se fue ablandando poco a poco.
EL GRAN BAILE BENÉFICO
Llegó la noche del Gran Baile Benéfico, la primera vez que Baste presentaría a Clara a la alta sociedad.
La vistió con un deslumbrante vestido rojo y joyas carísimas.
Él mismo vestía un esmoquin, que aún le quedaba ajustado a su enorme cuerpo.
Todas las miradas se posaron en ellos cuando entraron al salón de baile.
Se le acercó una mujer: Vanessa, la exnovia de Baste de antes de que engordara, según los rumores. En realidad, fue Vanessa quien hizo que Baste perdiera la confianza en las mujeres.
“¡Ay, Dios mío, Sebastián!”, exclamó Vanessa riendo.
“Las puertas de esta mansión están abiertas solo para aquellos con corazones sinceros”, dijo Sebastián en una entrevista.
Clara y Sebastián vivieron felices para siempre.
Una prueba viviente de que la verdadera belleza no se ve con los ojos, sino que se siente con el corazón.
La mañana siguiente a la revelación, la luz del sol que se filtraba a través de las cortinas transparentes de la mansión Montemayor se sentía diferente: más intensa, más honesta. Clara despertó no con el sonido de un hombre corpulento luchando por respirar, sino con la imagen de Sebastián sentado junto a la ventana, un dios griego con una túnica de seda, hojeando una tableta con una mirada concentrada y penetrante.
El “multimillonario cerdo” había muerto. En su lugar había un hombre tan extraordinariamente guapo que parecía una nueva forma de crueldad.
—Me estás mirando fijamente —dijo Sebastián con voz suave como el terciopelo, sin darse la vuelta.
—No sé quién eres —susurró Clara, incorporándose y cubriéndose el pecho con las sábanas—. El hombre al que cuidaba era gruñón y olía a pomada medicinal. Tú… pareces un desconocido.
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