Hizo preguntas claras.
Recordó a la tripulación que Elena debía permanecer quieta.
Le pidió a Javier que no la llenara de preguntas.
Y repitió una y otra vez:
—Ya falta menos. Siga respirando con la mascarilla. La ayuda está esperando abajo.
En la cabina, el silencio era extraño.
Quienes antes habían mirado a Diego con desconfianza ahora escuchaban cada palabra.
Un hombre de cabello blanco se acercó y dijo que había trabajado como enfermero muchos años atrás, aunque llevaba décadas retirado. Se quedó junto a Clara y ayudó a controlar el pulso.
La aparición del hombre tranquilizó a Javier.
Sin embargo, fue el enfermero quien, después de revisar la situación, miró a Diego y dijo:
—Has hecho bien en insistir.
Diego bajó la mirada.
—Solo reconocí las señales.
—Y hablaste cuando todos los demás callamos.
El avión comenzó el descenso.
Javier apretó la mano de Elena y luego miró a Diego.
—¿Cómo te llamas?
—Diego.
—Diego… si ella sale de esta…
No pudo terminar.
Diego negó con suavidad.
—Ahora no piense en después. Siga hablándole.
Las ruedas tocaron la pista con un golpe seco.
Apenas se detuvo el avión, entró un equipo de emergencias. Colocaron a Elena en una camilla, conectaron nuevos monitores y la sacaron con rapidez.
Javier caminó detrás de ella.
Antes de cruzar la puerta, se volvió.
Diego seguía junto al asiento, con la sudadera arrugada y las manos aún tensas.
—Ven con nosotros —dijo Javier.
—No hace falta.
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