—Tú eras una niña —dijo mi madre—. Solo tenías 10 años.
Seguíamos sentadas junto a la banqueta mientras llegaban patrullas y paramédicos por el accidente.
María Elena apretaba mis manos como si temiera volver a perderme.
Y entonces recordó.
Mi padre, Roberto, me había recogido de la escuela aquella tarde. Mi madre esperaba del otro lado de una avenida.
Yo la vi y me emocioné.
El semáforo peatonal cambió.
Comencé a cruzar.
Un conductor distraído ignoró el alto.
Mi padre vio el automóvil antes que yo.
Corrió.
Me empujó.
Yo golpeé la cabeza contra la banqueta y perdí el conocimiento.
Roberto recibió el impacto.
Murió antes de llegar al hospital.
—Él decidió salvarte —dijo mi madre—. No provocaste su muerte. Eras su hija. ¿Qué crees que habría hecho cualquier padre que te amara?
Rompí a llorar.
Había pasado 20 años castigándome por haber sobrevivido.
—Tu papá jamás habría querido que convirtieras su último acto de amor en una condena.
Me abrazó.
Esta vez sí sentí a mi madre.
No a Esperanza.
No a una mujer desconocida.
A mamá.
Cuando pude hablar, hice la pregunta que todavía faltaba.
—¿Y qué te ocurrió a ti?
María Elena cerró los ojos.
Después de la muerte de Roberto cayó en una profunda depresión. Meses más tarde, una noche yo me había quedado en casa de mi tía Patricia mientras ella trabajaba.
Regresó antes de terminar su turno.
La casa estaba ardiendo.
Entró porque dentro había una caja de madera con documentos, fotografías y recuerdos de mi padre.
Una explosión de gas la lanzó contra una pared.
Logró salir por una ventana trasera, herida y desorientada.
Caminó durante horas sin saber dónde estaba.
Un trailero la encontró inconsciente cerca de la carretera y la llevó a una pequeña clínica.
No llevaba identificación.
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