—No es tan sencillo.
—La pregunta sí lo es.
Se sentó.
—Ocho meses.
Sentí una presión en el pecho.
Ocho meses.
Cumpleaños.
Navidad.
Nuestro aniversario.
Las vacaciones familiares.
Durante todo aquello existía otra mujer.
—¿La amas?
Roberto tardó demasiado en responder.
—No sé.
Aquella respuesta fue suficiente.
Saqué una carpeta de un cajón.
La había preparado durante la madrugada.
Dentro había copias de nuestros documentos financieros, cuentas bancarias, escrituras y papeles de la empresa.
Roberto palideció.
—¿Qué es eso?
—Información que necesitaré.
—¿Para qué?
—Para divorciarme.
Se levantó.
—No puedes tomar una decisión así por una foto.
Me reí.
No pude evitarlo.
—No me estoy divorciando por una foto, Roberto.
—Podemos arreglarlo.
—¿Ocho meses?
—Cometí un error.
—Un error es olvidar pagar una factura. Esto requirió planificación.
No respondió.
—Tuviste que mentirme cada vez que salías de esta casa. Borrar mensajes. Inventar viajes. Mirarme a los ojos. Eso no fue un error. Fueron cientos de decisiones.
Comenzó a llorar.
Era la primera vez que lo veía llorar en años.
—No quiero perder a mi familia.
—Entonces debiste pensar en tu familia antes.
Intentó tomarme la mano.
La retiré.
—¿Qué quieres que haga?
—Nada.
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