Órdenes legales.
Intentos de contacto.
Familiares de él llamando para decir que una discusión no debía destruir un matrimonio.
Una tía incluso dijo:
—Los hombres a veces pierden la paciencia.
Daniela respondió:
—Entonces él tendrá que aprender a encontrarla sin mí.
Me sentí orgulloso.
Pero había aprendido a no decirle qué debía hacer.
Solo:
—Estoy contigo.
Se divorciaron.
Daniela regresó a trabajar.
Al principio vivió conmigo.
Una mañana descubrí que estaba mirando apartamentos.
—¿Te quieres ir?
—Algún día.
Sentí una pequeña tristeza.
—No tienes prisa.
—Lo sé.
—Esta siempre será tu casa.
Sonrió.
—Por eso puedo marcharme.
No entendí inmediatamente.
Ella continuó:
—Porque sé que puedo volver.
Aquella frase fue uno de los mayores regalos que me ha dado.
Meses después alquiló un apartamento pequeño.
La primera noche allí fui a ayudarla a instalar unas cortinas.
Cuando terminé, me entregó una llave.
—¿Qué es esto?
—Una copia.
—¿Seguro?
—Sí.
—No voy a aparecer sin avisar.
—Ya lo sé.
Guardé la llave.
Nunca la he utilizado.
No necesito hacerlo.
El hecho de que me la entregara significaba más.
Un año después, Daniela me confesó algo que todavía me duele.
—Hubo una noche en que casi fui a tu casa.
—¿Antes de aquella?
—Mucho antes.
—¿Por qué no viniste?
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