—Con la tía Tere —susurró Mateo—. Mamá dijo que no viniera con ella.
Ernesto tragó saliva.
Lucía debía estar en su departamento de la Narvarte, descansando. Teresa, la hermana menor de Ernesto, vivía en Coyoacán. Nada encajaba.
—¿Tu mamá te dijo algo más?
Mateo miró hacia Patricia otra vez. Luego metió su manita dentro del bolsillo del saco. Sacó una memoria USB negra, chiquita, raspada de una esquina.
—Me dijo que si ella se dormía mucho, te diera esto.
A Ernesto se le aflojaron las rodillas.
Antes de poder preguntar más, Patricia volteó. La sonrisa se le borró por medio segundo. Después caminó hacia ellos con esa dulzura fabricada que siempre usaba cuando había gente cerca.
—Ernesto, amor, ya están tocando la entrada. Todos preguntan por ti.
Mateo retrocedió otro paso.
Ernesto guardó la USB dentro del saco.
—Necesito 5 minutos.
Patricia miró al niño.
—¿Qué te dijo Mateo?
—Cosas de abuelo y nieto.
—No es momento para juegos —respondió ella, todavía sonriendo, pero con la mandíbula rígida—. Hay invitados, hay prensa local, está tu socio del corporativo. No puedes dejarme parada ahí.
—Dije 5 minutos.
Patricia lo observó como si intentara leerle el pensamiento. Luego acercó la mano para tocarle el brazo, pero Mateo soltó un gemido y se escondió más.
—Mateo está cansado —dijo Ernesto—. Ve al salón.
Patricia no se movió.
—Ernesto…
—Ve al salón.
La voz de él salió tan firme que las damas de honor dejaron de fingir que no escuchaban.
Ernesto llevó a Mateo al cuarto donde se había cambiado. Cerró con seguro. Encendió su laptop con dedos torpes. La memoria abrió una sola carpeta.
PATRICIA.
Había capturas de mensajes, estados de cuenta, fotos de documentos y un video grabado desde la cocina de la casa de Ernesto.
Abrió el archivo más reciente.
En la pantalla apareció Lucía grabando a escondidas desde el pasillo. La voz de Patricia sonaba clara.
—Te advertí que dejaras de meterte.
—Mi papá tiene derecho a saber lo que estás haciendo —contestó Lucía.
Se escuchó una bofetada. Luego un golpe seco contra la mesa.
Lucía gritó de dolor.
Patricia habló con una calma que no parecía humana.
—Para cuando tu padre entienda, la casa, las cuentas y todo lo que construyó ya van a estar a mi nombre.
Alguien golpeó la puerta del cuarto.
—Ernesto, abre.
Era Patricia.
Mateo se tapó los oídos.
Y Ernesto comprendió que no estaba frente a una novia nerviosa, sino frente a una trampa vestida de blanco, y nadie podía imaginar lo que estaba a punto de ocurrir.
Parte 2: Ernesto cerró la laptop, pero no abrió la puerta.
—Amor, ¿qué haces ahí? —preguntó Patricia desde el otro lado.
—Cambiándome la corbata.
—Ya te la cambiaste 2 veces.
—Entonces serán 3.
Hubo silencio. Luego los tacones se alejaron por el pasillo con pasos duros.
Ernesto marcó al celular de Lucía. No contestó. Llamó otra vez. Nada. Finalmente llamó a Teresa.
—¿Está Lucía contigo?
Del otro lado hubo una pausa que le apretó el pecho.
—Sí.
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